Un cuento sobre el fantástico mundo del bebé

Entre llantos y bostezos

Los reyes de de Preciosuchistán están en apuros. La joven princesa no deja de llorar y todo porque no puede dormir con su perro de trapo. ¿Darán con la solución para calmarla?

Padres con bebé

La princesita de Preciosuchistán

"Du guay, du guay, Du guay, du guay, Du guay, du guay....", lloraba desconsolada en su cuna la princesita de Preciosuchistán, un pequeño país de esos que se encuentran ahí, según se sale a mano derecha. No es que tuviera hambre, no, precisamente si por una cosa se caracterizaba la princesa era por su voraz apetito que le solía hacer comer hasta quedarse dormida, pero eso eran otros tiempos. Ahora sus padres, los reyes de Preciosuchistán, ya saben, ese pequeño país según se sale a mano derecha, no podían pegar ojo desde hacía días. Los médicos habían determinado que lo mejor para tener una princesa saludable era que no podía dormir apretada a ningún tipo de peluche, cosa que le encantaba, especialmente un perro de trapo, Tobías, del que no era capaz de separarse y que era fundamental en la conciliación de su real sueño, sueño que desde hacía días se había desvanecido.

Los reyes de Preciosuchistán lo habían probado todo, desde los reales arrullos, pasando por todo tipo de meneos de cuna, hasta le habían dado paseos en su real carroza, pensando que el balanceo la dormiría, pero nada no había manera. Cuando parecía dormida por fin, abría el ojo y ya saben el resto, ya lo conocen: "Du guay, du guay, Du guay, du guay, Du guay, du guay...".

El rey había hecho redactar un real comunicado invitando a todos los ciudadanos de Preciosuchistán a inventar algo que sustituyera a tan deseado peluche, pero hasta el momento nada funcionaba que permitiera a la princesa conciliar tan deseado sueño.

Un día, un jovencito que se encontraba de paso por Preciosuchistán se dio cuenta del problema de los monarcas. Decidió pasarse por palacio, tras esperar la larga cola que conducía a los aposentos reales, pudo escuchar con claridad lo que intranquilizaba la paz de los reyes de Preciosuchistán, por cierto, un país muy pequeñito y muy bonito que no deben olvidar visitar alguna vez en su vida. "Du guay, du guay, Du guay, du guay, Du guay, du guay..." se podía escuchar, pero nadie de los allí presentes era capaz de hacer nada para calmar a la desconsolada criatura. Cuando llegó su turno, cuenta la leyenda, sacó un pequeño objeto de su bolsillo, lo acercó a la real cuna y se oyeron claramente: chup, chup, chup y volvió el silencio y la tranquilidad tan deseados al palacio real de Preciosuchistán.

Autora: Rocío García