6 cuentos sobre koalas

Los koalas son unos animales entrañables que despiertan el interés de muchos niños. Compartimos contigo hasta seis cuentos con un koala como protagonista.

Un regalo para las nubes

6 cuentos sobre koalas

Un regalo para las nubes

Eran ya varios días con el cielo nublado y lloviendo, hacía frío y todo parecía triste. Los koalas estaban disgustados y decidieron pedir a las nubes que se marcharan, pero estas no solo no se fueron, sino que querían quedarse por más tiempo.

Los koalas fueron en busca del viento y le pidieron que soplara y se llevara a las nubes lejos de allí. El viento les advirtió que era un gran error, pero los koalas no le escucharon y ese día las nubes desaparecieron empujadas por el fuerte viento.

Durante un tiempo los koalas fueron felices a pleno sol, la Sra. Rana y sus pequeños chapoteaban en la charca, los insectos revoloteaban, los pájaros cantaban y los caracoles sacaban sus cuernos al sol.

Pero un día el koala Taki salió como cada mañana a darse un baño y se encontró con un triste charco en lugar de la laguna de siempre. La Sra. Rana y el Sr. Sapo hacían las maletas para mudarse a la orilla del río, pero una culebra les advirtió de que el cauce estaba seco. La hierba y las hojas de los eucaliptos se pusieron amarillas y cayeron. El calor se hizo insoportable y muchos animales se marcharon en busca de agua a otros lugares. No había comida, ni agua, ni sombra.

Hubo una reunión urgente y Taki, que es muy decidido, propuso llamar de nuevo a las nubes para que lloviera. Todos sabían que se habían equivocado cuando las echaron y que resultaría difícil volver a traerlas. Taki fue a hablar con el viento y este le dijo que habría que hacerles un gran regalo para que les perdonasen.

A la Sra. Águila se le ocurrió una idea: voló muy alto y le pidió al sol algunos rayos brillantes. El viento fue el encargado de convencer a las nubes y empujarlas de nuevo al bosque. Accedieron a regañadientes pero al rato empezó a llover un poquito. Taki esparció los rayos de sol por el cielo desde la copa del mayor eucalipto y, por arte de magia, cuando atravesaron las gotitas de lluvia, todo se volvió de colores. Un arco de siete colores: rojo, amarillo, azul, añil, violeta, verde, naranja… hicieron que todos los koalas se quedaran boquiabiertos mirando al cielo.

Las nubes estaban encantadas con su hermoso regalo y lo llamaron arco iris. Los animales del bosque volvieron a ser felices, a chapotear en su charca, las plantas crecieron verdes y los eucaliptos florecieron de nuevo. El río recuperó su cauce y Taki volvió a tomar sus baños matutinos.

Un día unos cuantos koalas fueron a quejarse al koala jefe de que el viento no dejaba de soplar y los koalas no podían moverse con facilidad, pero, claro, esa es otra historia.

Rose del Valle Trenado Cabello

Vida e impresiones de un peluche

6 cuentos sobre koalas

Vida e impresiones de un peluche

Xusy era una koala cualquiera, con su pelo gris, sus grandes orejas, su hocico negro como el azabache y sus grandes ojos. Permanecía inmóvil con la mirada fija en su reflejo o, mejor dicho, en todos ellos, pues se encontraba rodeada de otros compañeros y compañeras idénticos a ella.

Xusy pasaba así hora tras hora, día tras día, con la vista fija en cuantos la rodeaban, hasta ese momento. Un gran temblor anunció el mal presagio, ninguno de ellos se imaginaba lo que ocurría a su alrededor, simplemente se limitaban a esperar como siempre, expectantes a que ante sus ojos apareciera el motivo de aquel gran movimiento y de ese estruendoso ruido. De repente, frente a sus ojos apareció una inmensa bestia. Xusy quedó paralizada al instante por el terror cuando la bestia clavó sus gigantescos ojos azules en ella y sus compañeros. Intentaba gritar, pedir ayuda o simplemente huir de aquel lugar, pero su cuerpecito no le respondía.

Así quedó, completamente inmóvil, observando cómo la gran bestia que superaba en más de 20 veces su tamaño, cogía a cada uno de sus compañeros con su brutal garra y los alzaba hacia las alturas, observándolos con minucioso cuidado y dejándolos caer ante la horrorizada vista de sus compañeros cuando su presa no le agradaba. Continuaba con su ritual de coger a uno de sus compañeros, acercárselos a su extraño rostro y dejándolos caer, hasta que le tocó el turno a Xusy.

Los ojos de Xusy permanecían completamente abiertos, no se atrevía ni a respirar ni a pestañear siquiera, la gran bestia se acercó a su rostro y la observó durante un tiempo que pareció una eternidad.

Xusy esperaba el momento en el que la bestia la dejaría caer al vacío como había hecho con muchos de sus compañeros hasta que, de pronto, para su sorpresa y horror, la gran bestia mostró sus inmensos dientes y la sujetó con firmeza entre sus zarpas.

La gran bestia se llevó consigo a Xusy para su desagrado y horror, Xusy continuaba sin poder moverse, presa de una tensión en su cuerpo proveniente de la espera de qué iba a ser de ella. El tiempo pasó hasta que llegaron a la gran cueva de la bestia, en ese lugar había monstruos aún más gigantescos que la que atrapó a Xusy. Tenía ganas de llorar, pero sus ojos no producían el transparente líquido, no tenía fuerzas ni para eso.

La gran bestia abrió una enorme jaula donde dejó caer a Xusy y a continuación cerró su inmensa puerta dejándola atrapada en su interior. Allí la aterrorizada koala se encontró con otros animales, todos tan asustados que ninguno se movió ni lo mas mínimo.

Así pasó el tiempo, dentro de esa oscura jaula. De vez en cuando la gran bestia abría la jaula y cogía a alguno de los desdichados compañeros de Xusy, a veces volvían, otras veces no, nadie sabía qué era de ellos...

Uno de esos días Xusy tenía una extraña sensación, algo en su cuerpo le decía que había llegado su turno. Efectivamente así sucedió, la puerta de la oscura jaula se abrió y la gran bestia alargó su horrenda zarpa, agarró a la pobre Xusy y la sacó de allí.

Xusy se vio zarandeada de un lado a otro en una frenética carrera, en varias ocasiones estuvo a punto de caer desde las alturas, pero la zarpa se cerraba una y otra vez sobre su cuerpo blandito. Xusy pensaba que no podría continuar así, necesitaba escapar, hasta que de pronto resbaló entre los dedos del monstruo. La caída era larga, muy larga hasta que se vio frenada cuando chocó contra el suelo… Xusy rebotó, gracias a su cuerpo blandito y relleno de algodón. Nada le sucedió excepto ensuciarse un poco en el suelo, y así se repitió la historia día tras día, hora tras hora, durante el resto de su vida.

Por cierto, ¿os he contado que la gran bestia era una niña de tres años? ¿No? Error mío.

Jero Rodenas

Un regalo diferente

6 cuentos sobre koalas

Un regalo diferente

¡No puede ser! Vale que le dije a mi tío que me trajera algo de su viaje a Australia pero ¡un koala! Me esperaba una camiseta o algún muñeco pero, ¿un koala?

Mi tío siempre ha sido un poco raro, pero ahora se había pasado. Cuando mi madre lo vio se puso histérica. Nunca había querido comprarme un perro, así que tener un koala en casa tampoco la hacía feliz.

Pero enseguida nos llegó al corazón: se abrazaba a nosotros como si fuéramos el tronco de un árbol. Dormía abrazado a la pata de mi cama. Y darle de comer no era ningún problema, él mismo salía al jardín a buscar comida.

Pronto fue uno más de la familia, lo adoptamos. Pero su mirada era triste. Un día salió de casa y no volvió. Lo buscamos por todas partes pero no lo encontramos. Hasta que salió la noticia en la televisión: un koala había viajado en avión hasta Australia como polizón, para volver con sus padres...

Nunca se me ocurrió que le estábamos separando de sus padres. Pero ahora es feliz.

Vero Baz

Aventuras en el 'cole'

6 cuentos sobre koalas

Aventuras en el cole

Cuando Claudia va a la guardería siempre lleva algún muñeco, le gusta que le acompañen durante todo el día en las actividades de como dice ella “su cole”. Los lunes le toca a Hipo (un hipopótamo rosa), los martes a Coco (un cocodrilo verde), los miércoles a Tomasín (un osito de color marrón), los jueves a Ruralito (un muñeco amarillo que parece un león) y los viernes le toca a Nico (un koala blanco).

En muchas ocasiones se suelen juntar todos en la guardería, porque a Claudia cuando ve que su mamá la va a recoger se le olvida todo. A ella no le importa que no vuelvan a casa porque sabe que allí todos juntos estarán bien, además podrán jugar con los muñecos de sus compañeros de clase. Y así es.

Cuando a las cinco de la tarde la guardería cierra sus puertas y todo queda en silencio, los muñecos de los niños campan a sus anchas por las instalaciones durante toda la tarde y toda la noche. El koala Nico y el osito Tomasín son muy amigos del muñeco superhéroe de Óscar, vecino de siesta de Claudia. Los tres juntos recorren todas las clases de la guardería. Les encanta chinchar y hacer rabiar a las mascotas de la guardería que están a pares en las clases. Se trata de la osa Posa (una osita rosa muy mimosa) y de Papú (un gusano multicolor muy simpaticón).

Nico, Tomasín y Superhéroe juegan en los toboganes de bolas, revuelven los cojines de los niños, comen las galletas de Pepe, el conserje, quitan pegatinas de los trabajos manuales, cuentan cuentos a los demás muñecos, juegan con el jabón y el agua del baño o esconden los chupetes de los niños.

Pero a las 10 de la mañana del día siguiente todo debe estar recogido y ellos lo intentan, aunque siempre, siempre se dejan algo y de repente no aparece el babi de algún niño o algún juguete está en mitad del pasillo.

Nico, Tomasín y Superhéroe vuelven a su clase y esperan con impaciencia a Claudia y Óscar, porque los niños cada vez que ven a sus muñecos corren a besarlos y a achucharlos y a los muñecos les gusta mucho que los traten con cariño. Claudia mira a los suyos y dice “mis niños, os quiero mucho, hoy nos vamos a casa pero, ¡qué sucios estáis!”

Nico, Tomasín y Superhéroe se guiñan un ojo y entran en un profundo sueño durante toda la mañana.

Nuria Iglesias Rodríguez

La vuelta de Nuco

6 cuentos sobre koalas

La vuelta de Nuco

En las lindes del bosque los cazadores se camuflan entre las hierbas altas, y, cuidadosos de no hacer ruido, acechan a su próxima presa.

Desde las ramas del eucalipto se balancea Lala de un solo brazo y, para ser una koala, es bastante habilidosa. En su bolsillo de la tripa lleva a Nuco, que solo asoma las grandes orejotas y la nariz para mirar hacia abajo buscando otros animales a quienes lanzarle bolitas y ramas.

Es de noche y los hombres llevan lámparas de aceite. En un momento dado una de ellas estalla por un golpe seco y Nuco grita:

– ¡Le di, le di, he acertado, mamá!

El desastre se avecina, la lámpara prende las hierbas altas y ramas secas y el incendio empieza a cobrar intensidad. Lala sabe que habrá un gran fuego porque es verano y todo está seco, no ve más salida que abandonar el bosque y salir a campo abierto.

Despacio, desciende del árbol y va caminando torpemente. A lo lejos divisa unas luces y Lala sabe perfectamente que se trata de una granja, en ella viven hombres que cuidan de otros animales.

Al mirar hacia atrás ve el bosque envuelto en llamas y sabe que no podrá volver con Nuco, nunca lo superaría siendo tan pequeño. Decide entonces llevarlo a la granja. Sube al árbol más alto y mira por la ventana abierta, no hay nadie, todo el mundo está en la pradera observando el fuego.

Lala entra en la habitación y observa una bonita cesta donde Nuco podrá estar cómodo. Nuco se acurruca más adentro en la tripita de su mamá y no quiere salir.

– Nuco, tienes que escucharme, volveré después de las lluvias, sé fuerte.

– Pero yo no quiero que te vayas.

Durante unos segundos estuvieron abrazados y después Lala lo depositó en la cesta. Desde la ventana le lanzó un beso de despedida y se marchó. Mariela entró con su bebé de un año en brazos y subió a la habitación. Nuco estaba asustado y entonces vio unas manos blancas y finas que lo cogieron por los brazos. De un golpe se encontró cara a cara con Mariela que de un grito lo dejó con los oídos haciendo "piiiiiii" mientras el bebé reía y daba palmas con énfasis.

Y así fue como Nuco conoció a Mariela y a Samuel, que recuperados del susto, lo acogieron con cariño y lo cuidaron todo el verano, el invierno y parte de la primavera. Nuco echaba de menos a su madre, pero el amor de sus amigos le hacían olvidarse un poco de ella. Y llegó el momento de que los árboles florecieran de nuevo, todo se volvió verde y frondoso. Todas las tardes Nuco se sentaba en la rama del árbol de la ventana, mirando al bosque y esperando con paciencia.

Nuco se hartó de esperar y decidió ir solo al bosque. Antes de que pudiera llegar muy lejos, Mariela lo cogió. Esto se repitió muchas veces y siempre lo devolvían a la granja. Todos querían a Nuco y este amor no le dejaba marcharse. Entonces enfermó de tristeza y fue Samuel quien se dio cuenta. Con su pequeña manita tiraba de Nuco hacia la puerta.

Mariela intentó separarlos pero Samuel era muy testarudo y les dejó hacer. Despacito fueron andando hacia el bosque al atardecer y cuando los tres llegaron a los lindes vieron una verja grande y una valla bien alta donde colgaba un cartel que decía: Parque natural para la protección del koala, fundado tras el incendio que asoló el parque.

Nuco se dio cuenta de porqué su mamá no regresaba a por él, porque no pudo saltar la valla. Entonces empezó a llamarla con el lenguaje de los koalas. Y en lo más alto del eucalipto una voz le contestó.

– Estoy esperándote, siempre estuve aquí.

Samuel empujó a Nuco a la puerta y le dio patadas a la verja.

– Déjalo Samuel, yo la abriré, dijo Mariela.

Los tres se miraron fijamente y las lágrimas afloraron en sus ojos y en el lenguaje del koala Nuco dijo:

– Siempre me acordaré de ti.

Y en el lenguaje de los hombres Samuel dijo:

- Te quiero.

Mariela abrió la verja, cogió a Nuco y lo alzó a una rama.

– Adiós, pequeño osito, volveremos a vernos.

Y allí, en lo más alto de los árboles se oían gritos y alboroto. Todos los koalas daban la bienvenida a Nuco. Samuel y Mariela se marcharon un poco tristes pero felices, porque quién sabe cuántas aventuras esperarán a Nuco y Samuel en un futuro.

Antonio Moreno García

Con los ojitos cerrados

6 cuentos sobre koalas

Con los ojitos cerrados

Era un día de verano, como otro cualquiera. No corría ni pizca de brisa y, como era costumbre, mi mamá me dejó solita en mi "bitación" para echar una forzosa y aburrida siesta. Solo se oía acercarse y alejarse un zumbido de una mosca que, a pesar de ser un poco pesada, era lo único divertido que encontraba en mi cuna. Me puse de pie y, guiada por la barandilla, comencé a dar una vuelta de reconocimiento pero todo era igual, hasta que recordé las palabras que una amiguita de la “guarde” me dijo a escondidas: "Cuando estés aburrida y no sepas qué hacer, cierra los ojos muy fuerte y veras cómo al abrirlos te encontrarás en un mundo lleno de aventuras."

Entonces me dispuse a cerrarlos, total, no tenía nada que perder. Los cerré muy fuerte, y cuál fue mi sorpresa, que al abrirlos me encontré vestida de exploradora, con un magnífico gorro marrón y unos prismáticos de colores. "¡Guau!", grité sorprendida, no sabía ni dónde me encontraba ni lo que tenía que hacer, pero mi instinto me decía que debía seguir hacia delante.

Todo estaba muy frondoso y había unos árboles muy altos que daba ganas de escalar. De pronto, entre las ramas de un árbol, vi un bonito peluche colgado y me recordó al peluche de koala que me regaló mi tía Petunia y que tengo puesto en la estantería de mis juguetes, y al que no le hago caso. Me dispuse a trepar al árbol para cogerlo pero el peluche se movió y, al acercarme a él, me di cuenta de que mi pequeño peluche de koala ¡había cobrado vida!

De pronto, y sin salir de mi asombro, el koala, todavía con la boca llena de hojas, me dijo:"Hola, pequeña Carlita, ¿estás dispuesta a vivir mil aventuras conmigo y mis amigos de la selva?” Yo no lo podía creer, con lo aburrido que parecía este peluche encima de la estantería. Todavía un poco incrédula le dije: “¡Sí! ¡Me encantaría! Llevo toda la tarde aburrida en mi cuna y esto era lo que estaba esperando, pero ¿de qué amigos me hablas?”

Señaló al suelo y allí estaban todos los peluches que tenía puestos por todos los rincones de mi "bitacion". Estaba el león, con sus grandes melenas, la pequeña mariquita de color rojo, mi peluche de jirafa... Todos, absolutamente todos, hasta el oso polar, con un abanico, porque el pobre tenía mucho calor. Todos me miraban felices y me dijeron: "Estamos aquí para hacerte feliz." Todos querían jugar conmigo, y me enseñaron mil y un rincones inexplorados de esa selva espesa a la que todos denominaron i-ma-gi-na-ci-on, qué palabra tan rara y larga, y jamás la olvidaré.

Poco a poco el bosque se hizo cada vez más borroso, y mi amigo el koala me dijo que teníamos que despedirnos rápido, pero cada vez que quiera verlos y vivir un sinfín de aventuras, tendría que cerrar los ojos y apretarlos con fuerza.

Yo me despedí y les dije que me lo había pasado en grande jugando con todos, ya nunca vería esos peluches de la misma forma. Cuando desperté, llamé a mi mamá, y le señalé los peluches, ella se asombró, pero me los dio, y les di un abrazo enorme, especialmente a mi koala, y me pasé toda la tarde jugando con ellos, y viviendo de nuevo todas las aventuras.

Desde entonces ningún día de verano volvió a ser igual de aburrido.

Un consejo, amiguitos, si queréis divertiros, cerrad los ojos...

Inés García Écija