6 cuentos populares de animales

Los animales han sido una fuente inagotable de leyendas y cuentos populares. Rescatamos 6 entre los más famosos por transmitir valores positivos y tener final feliz.

El gato con botas

6 cuentos populares de animales

El gato con botas

Un molinero dejó, como única herencia a sus tres hijos, su molino, su burro y su gato. El reparto fue bien simple: no se necesitó llamar ni al abogado ni al notario. El mayor recibió el molino, el segundo se quedó con el burro y al menor le tocó solo el gato. Este se lamentaba de su mísera herencia:

– Mis hermanos podrán ganarse la vida trabajando juntos; pero yo, después de comerme a mi gato y de hacerme un manguito con su piel, me moriré de hambre.

El gato, que escuchaba estas palabras le dijo en tono serio y pausado:

– No estés triste, solo tienes que darme una bolsa y un de botas para andar entre los matorrales y verás que tu herencia es mejor que la de tus hermanos. 

Aunque el amo del gato no tenía grandes esperanzas puestas en el animal, quiso darle una oportunidad.

Cuando el gato tuvo lo que había pedido, se colocó las botas y echándose la bolsa al cuello, se dirigió a un campo donde había muchos conejos. Puso pasto en su saco y tendiéndose en el suelo como si estuviese muerto, aguardó a que algún conejillo, poco conocedor aún de las astucias de este mundo, viniera a meter su hocico en la bolsa para comer lo que había dentro. Un atolondrado conejillo se metió en el saco y el maestro gato, tirando de los cordones, lo encerró.

Muy orgulloso de su presa, fuese a palacio para hablar con el rey. 

– Aquí tiene, majestad, un conejo de campo que el Marqués de Carabás quiere regalarle.

– Dile a tu amo que le doy las gracias y que me agrada mucho.

En otra ocasión, se ocultó en un trigal, dejando siempre su saco abierto y cuando en él entraron dos perdices, tiró los cordones y las cazó a ambas. Fue a entregarls al Rey, tal como había hecho con el conejo de campo. El Rey recibió también con agrado las dos perdices, y ordenó que le diesen de beber.

El gato continuó así durante dos o tres meses llevándole de vez en cuando al Rey productos de caza de su amo. Un día supo que el Rey iría a pasear a orillas del río con su hija, la más hermosa princesa del mundo, y le dijo a su amo:

– Si quieres que tu suerte se complete no tienes más que bañarte en el río, en el sitio que te mostraré, y yo haré el resto.

El Marqués de Carabás hizo lo que su gato le aconsejó, sin saber de qué serviría. Mientras se estaba bañando, el Rey pasó por ahí, y el gato se puso a gritar con todas sus fuerzas:

– ¡Socorro, socorro! ¡El Marqués de Carabás se está ahogando!

Al oír el grito, el Rey asomó la cabeza por la portezuela y, reconociendo al gato que tantas veces le había llevado caza, ordenó a sus guardias que acudieran rápidamente a socorrer al Marqués de Carabás. Mientras, el gato se acercó a la carroza y le dijo al Rey que mientras su amo se estaba bañando, unos ladrones se habían llevado sus ropas pese a haber gritado ¡al ladrón! con todas sus fuerzas; el pícaro del gato las había escondido debajo de una enorme piedra.

El Rey ordenó de inmediato a los encargados de su guardarropa que fuesen en busca de sus más bellas vestiduras para el Marqués de Carabás. El Rey le hizo mil atenciones, y como el hermoso traje que le acababan de dar le sentaba como un guante, la hija del Rey se enamoró de él.

El Rey quiso que subiera a su carroza y lo acompañara en el paseo. El gato, encantado al ver que su proyecto empezaba a resultar, se adelantó, y encontrado a unos campesinos que segaban un prado, les dijo:

– Buenos segadores, si no decís al Rey que el prado que estáis segando es del Marqués de Carabás, os haré picadillo.

Cuando pasaron por ellos, el Rey preguntó a los campesinos de quién eran esos terrenos. "Del señor Marqués de Carabás", respondieron sin dudar.

– Tenéis aquí una hermosa parcela –dijo el Rey al Marqués de Carabás.

– Es una tierra que no deja de producir con abundancia cada año.

El gato, que iba delante de la carroza, decía siempre lo mismo a todos cuantos encontraba; y el Rey estaba muy asombrado con las riquezas del señor Marqués de Carabás.

El maestro gato llegó finalmente ante un hermoso castillo cuyo dueño era un ogro, el más rico que jamás se hubiera visto, pues todas las tierras por donde habían pasado eran dependientes de este castillo.

El gato, que tuvo la precaución de informarse acerca de quién era este ogro y de lo que sabía hacer, pidió hablar con él, diciendo que no había querido pasar tan cerca de su castillo sin tener el honor de hacerle la reverencia. 

– Me han asegurado que puedes convertirte en cualquier clase de animal; que podíais, por ejemplo, transformaros en león, en elefante.

– Es cierto, y para demostrarlo verás cómo me convierto en león.

El gato se asustó tanto al ver a un león delante de él que en un santiamén trepó a las canaletas. Algún rato después, viendo que el ogro había recuperado su forma primitiva, el gato bajó y confesó que había tenido mucho miedo.

– Además me han asegurado, pero no puedo creerlo, que puedes adquirir la forma del más pequeño animalillo; por ejemplo, de un ratón y me parece imposible. 

– ¿Imposible? Ahora verás. Y se transformó en un ratón. Apenas lo vio, el gato se echó encima y se lo comió.

Entretanto, el Rey, que al pasar vio el hermoso castillo del ogro, quiso entrar. El gato, al oír el ruido del carruaje que atravesaba el puente levadizo, corrió adelante y le dijo al Rey:

– Vuestra Majestad sea bienvenida al castillo del señor Marqués de Carabás.

– ¡Cómo, señor Marqués, este castillo también os pertenece! Nada hay más bello que este patio y todos estos edificios que lo rodean; veamos el interior, por favor.

El Marqués ofreció la mano a la joven Princesa y, siguiendo al Rey que iba primero, entraron a una gran sala donde encontraron una magnífica comida que el ogro había mandado preparar para sus amigos que vendrían a verlo ese mismo día y que no se habían atrevido a entrar al ver al Rey allí. El Rey, encantado con el señor Marqués de Carabás, al igual que su hija, que ya estaba loca de amor, le dijo, después de haber bebido cinco o seis copas:

– Solo de ti dependerá que seas mi yerno. 

El Marqués, haciendo grandes reverencias, aceptó el honor que le hacia el Rey; y ese mismo día se casó con la Princesa. El gato se convirtió en gran señor, y ya no corrió tras las ratas más que para divertirse.

El príncipe rana

6 cuentos populares de animales

El príncipe rana

En aquellos remotos tiempos en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía un rey que tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, tan hermosa que hasta el sol, que tantas cosas había visto, se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban en el rostro de la muchacha. Junto al palacio real se extendía un bosque grande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, fluía un manantial. En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque y sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se aburría, se ponía a jugar con una pelota de oro, arrojándola al aire y recogiéndola, con la mano, al caer; era su juguete favorito.
 
 

Ocurrió una vez que la pelota, en lugar de caer en la manita que la niña tenía levantada, lo hizo en el suelo y, rodando, fue a parar dentro del agua. La princesita la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo, tan profundo, que no se podía ver su fondo. La niña se echó a llorar; y lo hacía cada vez más fuerte, sin poder consolarse, cuando, en medio de sus lamentaciones, oyó una voz que decía: "¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras como para ablandar las piedras!" La niña miró en torno suyo, buscando la procedencia de aquella voz, y descubrió una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del agua. "¡Ah!, ¿eres tú, viejo chapoteador?" dijo, "pues lloro por mi pelota de oro, que se me cayó en la fuente." - "Cálmate y no llores más," replicó la rana, "yo puedo arreglarlo. Pero, ¿qué me darás si te devuelvo tu juguete?" - "Lo que quieras, mi buena rana," respondió la niña, "mis vestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la corona de oro que llevo." Mas la rana contestó: "No me interesan tus vestidos, ni tus perlas y piedras preciosas, ni tu corona de oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera de juegos; si dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro y beba de tu vasito y duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré la pelota de oro." – "¡Oh, sí!" exclamó ella, "te prometo cuanto quieras con tal que me devuelvas la pelota." Mas pensaba para sus adentros: ¡Qué tonterías se le ocurren a este animalejo! Tiene que estarse en el agua con sus semejantes, croa que te croa. ¿Cómo puede ser compañera de las personas?
 
 Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir, nadando a grandes zancadas, con la pelota en la boca. La soltó en la hierba, y la princesita, loca de alegría al ver nuevamente su hermoso juguete, lo recogió y echó a correr con él. "¡Aguarda, aguarda!" le gritó la rana, "llévame contigo; no puedo alcanzarte; no puedo correr tanto como tú!" Pero de nada le sirvió desgañitarse y gritar 'cro cro' con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus gritos, seguía corriendo hacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, la cual no tuvo más remedio que volver a zambullirse en su charca.
 
 Al día siguiente, estando la princesita a la mesa junto con el Rey y todos los cortesanos, comiendo en su platito de oro, he aquí que plis, plas, plis, plas se oyó que algo subía fatigosamente las escaleras de mármol de palacio y, una vez arriba, llamaba a la puerta: "¡Princesita, la menor de las princesitas, ábreme!" Ella corrió a la puerta para ver quién llamaba y, al abrir, se encontra con la rana allí plantada. Cerró de un portazo y se volvió a la mesa, llena de zozobra. Al observar el Rey cómo le latía el corazón, le dijo: "Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante que quiere llevarte?" - "No," respondió ella, "no es un gigante, sino una rana asquerosa." - "Y ¿qué quiere de ti esa rana?" - "¡Ay, padre querido! Ayer estaba en el bosque jugando junto a la fuente, y se me cayó al agua la pelota de oro. Y mientras yo lloraba, la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera; pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí afuera y quiere entrar." Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía:

"¡Princesita, la más niña,
 Ábreme!
 ¿No sabes lo que
 Ayer me dijiste
 Junto a la fresca fuente?
 ¡Princesita, la más niña,
 Ábreme!"

Dijo entonces el Rey: "Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta." La niña fue a abrir, y la rana saltó dentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa, la rana se plantó ante sus pies y le gritó: "¡Súbeme a tu silla!" La princesita vacilaba, pero el Rey le ordenó que lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa, y, ya acomodado en ella, dijo: "Ahora acércame tu platito de oro para que podamos comer juntas." La niña la complació, pero se veía a las claras que obedecía a regañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa se le atragantaban todos los bocados. Finalmente, dijo la bestezuela: "¡Ay! Estoy ahíta y me siento cansada; llévame a tu cuartito y arregla tu camita de seda: dormiremos juntas." La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar; y he aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado, le dijo: "No debes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada." La cogió, pues, con dos dedos, la llevó arriba y la depositó en un rincón. Mas cuando ya se había acostado, se acercó la rana a saltitos y exclamó: "Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú; conque súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre." La princesita acabó la paciencia, cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojó contra la pared: "¡Ahora descansarás, asquerosa!"
 
 

Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana, y se convirtió en un príncipe, un apuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada. Y el Rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija. Le contó entonces que una bruja malvada lo había encantado, y que nadie sino ella podía desencantarlo y sacarlo de la charca; se dijo que al día siguiente se marcharían a su reino. Se durmieron y a la mañana, al despertarlos el sol, llegó una carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de blancas plumas de avestruz y cadenas de oro. Detrás iba, de pie, el criado del joven Rey, el fiel Enrique. Este leal servidor había sentido tal pena al ver a su señor transformado en rana, que se mandó colocar tres aros de hierro en tomo al corazón para evitar que le estallase de dolor y de tristeza. La carroza debía conducir al joven Rey a su reino. El fiel Enrique acomodó en ella a la pareja y volvió a montar en el pescante posterior; no cabía en sí de gozo por la liberación de su señor.
 
 Cuando ya habían recorrido una parte del camino, oyó el príncipe un estallido a su espalda, como si algo se rompiese. Volviéndose, dijo:

"¡Enrique, que el coche estalla!"
 "No, no es el coche lo que falla,
 Es un aro de mi corazón, 
 Que ha estado lleno de aflicción 
 Mientras viviste en la fontana 
 Convertido en rana."

Por segunda y tercera vez se oyó aquel chasquido durante el camino, y siempre creyó el príncipe que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban del corazón del fiel Enrique al ver a su amo redimido y feliz.

Ricitos de oro

6 cuentos populares de animales

Ricitos de oro

Había una vez una niñita llamada Ricitos de Oro que vivía junto a un bosque. A Ricitos de Oro le gustaba mucho explorar el bosque detrás de su casa. Los pájaros cantaban alegremente en los árboles. El sol se asomaba entre las ramas. Pequeñas flores reposaban sobre la hierba.

Un día, Ricitos de Oro caminó más lejos que nunca antes. Inmediatamente encontró una acogedora cabaña de troncos. “Me pregunto quién vive aquí”, pensó, y golpeó la puerta. Como nadie respondió abrió la puerta y vio una mesa y tres tazones de avena. A Ricitos de Oro le hacía ruido la panza porque tenía mucha hambre. Y su comida favorita era la avena, especialmente mezclada con banana. Ricitos de Oro probó la avena del primer tazón. “¡Ay! ¡Esta avena está muy caliente!”, exclamó. Probó el segundo tazón. ¡Brrr! ¡Esta avena está muy fría!”. Probó el tercer tazón de avena. “¡Ah! ¡Esta avena sí sabe bien!”, suspiró, y muy contenta se tomó todo el tazón.

Después de comer, Ricitos de Oro exploró la siguiente habitación. Vio tres sillas junto a una chimenea. Ricitos de Oro se subió a la primera silla, una enorme mecedora de madera. “¡Esta silla es muy grande!”, exclamó. Sus pies ni siquiera alcanzaban a tocar el suelo. Se sentó en la segunda silla. “¡Esta silla es muy blanda!”, exclamó lloriqueando, hundiéndose en la blanda silla. Se balanceó hasta que sus pies tocaron el suelo y luego miró con curiosidad la siguiente silla. Era una silla pequeña de madera. Ricitos de Oro sonrió y se sentó con alivio. ¡Por fin una silla de su tamaño! Entonces la silla hizo un crujido muy fuerte y Ricitos de Oro cayó al suelo con gran estruendo.

Ricitos de Oro se puso a llorar. Estaba muy cansada y quería dormir una siesta. Subió las escaleras en busca de un lugar para acostarse y vio un cuarto con tres camas. Ricitos de Oros se sentó en la primera cama y dio un pequeño brinco. “¡Ay!”, exclamó. El colchón era duro como una roca. Palpó la segunda cama pero era demasiado blanda. ¿Y si quedaba atrapada entre las mantas? Entonces fue hasta la tercera cama y se estiró cuidadosamente sobre ella. Al ver que no se rompió, suspiró aliviada y se envolvió en el acolchado de retazos. En un instante ya estaba roncando.

No mucho después los tres osos llegaron a casa. Habían salido a caminar esa mañana para dejar enfriar la avena y porque sabían que caminar era bueno para la salud. ¡Ahora estaban hambrientos! Se lavaron las manos y se sentaron a la mesa, listos para comer su avena. Pero entonces Papá Oso dijo con sorpresa: “¡Alguien probó mi avena!” “¡Y alguien probó mi avena!”, dijo Mamá Osa, preocupada porque su comida tuviera microbios. “¡Alguien probó mi avena y se la comió toda!”, exclamó el Osito, triste porque ya no tenía más avena. ¡A él también le gustaba la avena con banana! Mamá Osa abrazó fuerte al Osito. Y entonces la familia de osos comió en cambio trozos de manzana y queso de desayuno.

Después del desayuno, la familia de osos decidió descansar en sus sillas junto a la chimenea para contar cuentos por turnos. Fueron a la sala de estar y se detuvieron a mirar. “¡Alguien se sentó en mi silla!”, exclamó disgustado Papá Oso. “¡Alguien se sentó en mi silla también!”, dijo Mamá Osa. “¡Alguien se sentó en mi silla y la rompió!”, exclamó llorando el Osito. El Osito estaba teniendo un día realmente difícil. Papá Oso lo alzó y le dio un fuerte abrazo. Juntos recogieron los restos de la silla rota y Papá Oso le ayudó a arreglarla.

Luego, la familia de osos decidió dormir una siesta y subió las escaleras. Cuando subieron, se detuvieron asombrados. “¡Alguien durmió en mi cama!”, dijo enojado Papá Oso. “¡Alguien durmió en mi cama también!”, dijo Mamá Osa, con gran irritación. “¡Alguien durmió en mi cama y todavía está aquí!”, exclamó el Osito, mientras mirando por encima del hombro de Papá Oso a la pequeña niña que dormía. La familia de osos rodeó la cama y miró a la niña durmiente. Se preguntaban quién era y de dónde habíavenido. “¿Podemos quedarnos con ella?”, preguntó el Osito. “No. Es una niña pequeña, no un gatito perdido”, dijo sonriendo Papá Oso “Apuesto a que tiene una mamá o un papá muy preocupado preguntándose dónde se encuentra ahora mismo”. En ese preciso momento, Ricitos de Oro despertó y vio a los tres osos. Dando un grito de terror, Ricitos de Oro saltó de la cama, huyó corriendo de la habitación, bajó las escaleras y se internó en el bosque. Corrió todo el camino hasta su casa, sin detenerse una sola vez. Su madre la abrazó y dejó que Ricitos de Oro la ayudara a preparar un sabroso guiso de verduras con una ensalada.

Los tres cerditos y el lobo

6 cuentos populares de animales

Los 3 cerditos y el lobo

Había una vez tres cerditos que eran hermanos y vivían en el corazón del bosque. El lobo siempre andaba persiguiéndolos para comérselos. Para escapar del lobo, los cerditos decidieron hacerse una casa. A todos les pareció una buena idea, y se pusieran manos a la obra, cada uno construyendo su casita.

-La mía será de paja - dijo el más pequeño-, la paja es blanda y se puede sujetar con facilidad . Terminaré muy pronto y podré ir a jugar.

El hermano mediano decidió que su casa sería de madera:

-Puedo encontrar un montón de madera por los alrededores (explicó a sus hermanos), construiré mi casa en un santiamén con todos estos troncos y me iré también a jugar.

El mayor decidió construir su casa con ladrillos.

- Aunque me cueste mucho esfuerzo, será muy fuerte y resistente, y dentro estaré a salvo del lobo. Le pondré una chimenea para asar las bellotas y hacer caldo de zanahorias.

Cuando las tres casitas estuvieron terminadas, los cerditos cantaban y bailaban en la puerta, felices por haber acabado con el problema:

 -¡No nos comerá el Lobo Feroz! ¡En casa no puede entrar el Lobo Feroz!

Entonces surgió de detrás de un árbol grande el lobo, rugiendo de hambre y gritando:

-Cerditos, ¡os voy a comer!

Cada uno se escondió en su casa, pensando que estaban a salvo, pero el Lobo Feroz se encaminó a la casita de paja del hermano pequeño y en la puerta aulló:

Soplaré y soplaré y la casita derribaré!

Y sopló con todas sus fuerzas: sopló y sopló y la casita de paja derribó.

El cerdito pequeño corrió lo más rápido que pudo y entró en la casa de madera del hermano mediano.

-¡No nos comerá el Lobo Feroz! ¡En casa no puede entrar el Lobo Feroz!, decían los cerditos.

De nuevo el Lobo, más enfurecido que antes al sentirse engañado, se colocó delante de la puerta y comenzó a soplar y soplar gruñendo:

Soplaré y soplaré y la casita derribaré! La madera crujió, y las paredes cayeron y entonces los dos cerditos corrieron a refugiarse en la casa de ladrillo del hermano mayor.

-¡No nos comerá el Lobo Feroz! - Cantaban los cerditos.

El lobo estaba realmente enfadado y hambriento, y ahora deseaba comerse a los Tres Cerditos más que nunca, y frente a la puerta bramó:

- ¡Soplaré y soplaré y la puerta derribaré! Y se puso a soplar tan fuerte como el viento de invierno.
 Sopló y sopló, pero la casita de ladrillos era muy resistente y no conseguía su propósito. Decidió trepar por la pared y entrar por la chimenea. Se deslizó hacia abajo... Y cayó en el caldero donde el cerdito mayor estaba hirviendo sopa de nabos. Escaldado y con el estómago vacío salió huyendo y escapó de allí dando unos terribles aullidos que se oyeron en todo el bosque. Se cuenta que nunca jamás quiso comer ningún cerdito.

Los cerditos no lo volvieron a ver. El mayor de ellos regañó a los otros dos por haber sido tan perezosos y poner en peligro sus propias vidas.

Los músicos de Bremen

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Los músicos de Bremen

Érase una vez un hombre que tenía un asno que llevaba muchos años cargando con sacos hasta un molino. Pero el pobre asno se iba haciendo viejo y perdía fuerzas por momentos, de forma que ya apenas era útil. Así que el dueño pensó deshacerse de él. Pero el asno, sospechando lo que le esperaba, se marchó de la casa en dirección a Bremen. Allí, pensó, podría hacerse músico.

Tras haber caminado un buen rato, el asno se encontró con un perro de caza que iba jadeando como si hubiese echado una larga carrera.

— ¿Por qué jadeas así? -le preguntó el asno.

¡Ay! -respondió el perro-, porque soy viejo y, como cada día me encuentro más débil, apenas puedo cazar y mi amo ha querido matarme. Por eso me he marchado. Pero ¿cómo voy a ganarme ahora el sustento?

— ¿Sabes una cosa? -dijo el asno-. Yo me dirijo a Bremen porque quiero hacerme músico; ven conmigo y hazte músico también. Yo puedo tocar el laúd y tú el bombo.

El perro aceptó y juntos prosiguieron el camino.
 Al poco tiempo se encontraron con un gato con cara de pocos amigos.

— Dinos, ¿qué te ha pasado, amigo? -preguntó el asno-. No pareces muy alegre.

— ¿Cómo voy a estarlo, si mi vida peligra? Me estoy haciendo viejo y, como prefiero acurrucarme junto a la chimenea en lugar de cazar ratones, mi ama ha querido ahogarme. De milagro logré escapar, pero ¿y ahora qué será de mí? ¿Adónde voy a ir?

— Vente con nosotros a Bremen. Si entiendes un poco de música, podrás hacerte músico, como nosotros.

El gato aceptó y se unió a ellos.
 Los tres fugitivos pasaron por una granja en la que un gallo gritaba con todas sus fuerzas.

— ¿Quieres dejarnos sordos? -dijo el asno-. ¿Qué te ocurre?

— Es que aunque mi canto debería ser alegre y anunciar buen tiempo para hoy, no puedo estar alegre: mañana es domingo y mi ama tiene invitados. Ha ordenado a la cocinera que esta noche me corte el gaznate y me convierta en pepitoria. Por eso grito desesperado con todas mis fuerzas.

— ¡Bueno, ¿Por qué no te vienes con nosotros a Bremen? Siempre será mejor que la muerte que te espera. Además tienes una buena voz y contigo podríamos formar un cuarteto: vamos a Bremen a hacernos músicos.

El gallo aceptó encantado y los cuatro prosiguieron su camino. Pero como no podían llegar a Bremen en un día, al caer el sol se detuvieron en un bosque y decidieron pasar allí la noche. El asno y el perro se echaron bajo un árbol, y el gato y el gallo se subieron a las ramas. El gallo prefirió instalarse en la copa, pensando que allí estaría más seguro. Antes de dormirse, miró a los cuatro vientos y le pareció divisar, no muy lejos, una pequeña luz. Llamó a sus amigos, cacareándoles que podría ser una casa. El asno contestó:

— ¡Pues en marcha! Aquí no se está nada bien.

El perro, por su parte, pensó que quizá allí conseguiría unos huesos y un poco de carne. Se pusieron en camino guiados por aquella luz que cada vez se hacía mayor hasta que se encontraron ante una casa que no era otra cosa que la guarida de unos ladrones. El asno, que era el más alto de todos, se acercó a la ventana y echó un vistazo al interior.

—¿Qué es lo que ves? -preguntó el gallo.

—¿Que qué veo? -contestó el asno-. Veo una mesa repleta de exquisitos manjares y bebidas y, alrededor de ella, una pandilla de tipos con aspecto de ladrones.

— No nos vendría mal poder participar en el banquete -dijo el gallo.

— Tienes razón, pero ¿cómo? -preguntó el asno.

Se pusieron a deliberar sobre el modo de librarse de los ladrones, cosa nada fácil, pero encontraron la solución. El asno debía colocar sus patas delanteras sobre la ventana, el perro saltaría sobre el lomo del asno, el gato sobre el perro y finalmente el gallo levantaría el vuelo y se posaría en la cabeza del gato. Luego, una vez colocados cada uno en su sitio, el asno haría una señal y comenzarían a cantar a coro. Y así, el asno mugiendo, el perro ladrando, el gato maullando y el gallo cacareando, entraron por la ventana y los ladrones, ante tal estruendo, se levantaron de la mesa atemorizados, pensando que se trataba de algún fantasma y huyeron de la casa para refugiarse en el bosque.
 Los cuatro amigos se sentaron a la mesa y comieron y comieron como para ayunar durante un mes. Cuando terminaron, apagaron las luces y buscaron acomodo para dormir cada uno a su aire y conforme a su naturaleza. El asno se echó en el patio sobre un montón de paja, el perro detrás de la puerta, el gato junto al fogón de la cocina y el gallo en una percha.
 Pasada la medianoche, y al ver los ladrones desde lejos que ya no había luz en la casa, el jefe de la banda dijo:

— No deberíamos habernos asustado tanto -Y mandó a uno a inspeccionar la casa.

Cuando llegó y vio que todo estaba en completo silencio, entró en la cocina con la intención de encender una vela. Al ver los ojos relucientes del gato pensó que era algún rescoldo de carbón que seguía encendido y acercó la mecha para encenderla. Pero el gato, que no estaba para bromas, le saltó a la cara y le llenó de arañazos.
 El ladrón, horrorizado, echó a correr hacia la puerta trasera, pero allí despertó al perro, que saltó sobre él y le mordió en la pierna. Salió entonces al patio y tropezó con el asno, que, asustado, le propinó una buena coz. El gallo, con tanto ruido, se despertó y comenzó a gritar: ¡Quiquiriquí!
 El ladrón corrió con todas sus fuerzas y llegó al bosque casi sin aliento. Allí contó lo sucedido:

— He visto en la casa a una bruja repugnante que me arañó la cara con sus largas uñas; detrás de una puerta me atacó un hombre con un cuchillo y me hirió en la pierna; al llegar al patio, un monstruo negro como el carbón me golpeó con un mazo mientras arriba, en lo alto del tejado, la voz del juez gritaba: «¡Traédmelo aquí!». No sé ni cómo he podido llegar.

Desde entonces, los ladrones no se atrevieron a volver nunca más a la casa.
 En cambio a los cuatro amigos, el asno, el perro, el gato y el gallo, les gustó tanto que decidieron instalarse en ella y vivir juntos hasta el fin de sus días.
 Y todavía todo el mundo los recuerda como los Músicos de Bremen.

El lobo y los siete cabritillos

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El lobo y los 7 cabritillos

Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. "Hijas mías," les dijo, "me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas." Las cabritas respondieron: "Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila." Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su camino.
 
 No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo: "Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una." Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo. "No te abriremos," exclamaron, "no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo." Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta: "Abrid hijitas," dijo, "vuestra madre os trae algo a cada una." Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron: "No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!" Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo: "Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta." Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero: "Échame harina blanca en el pie," díjole. El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: "Si no lo haces, te devoro." El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente.
 
 Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: "Abrid, pequeñas; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque." Las cabritas replicaron: "Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre." La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Metióse una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, tumbóse a dormir a la sombra de un árbol.
 
 Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llególe la vez a la última, la cual, con vocecita queda, dijo: "Madre querida, estoy en la caja del reloj." Sacóla la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas!
 
 Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, parecióle que algo se movía y agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún? Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamaíta, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo: "Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia, aprovechando que duerme." Las siete cabritas corrieron en busca de piedras y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento.
 
 Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó:

"¿Qué será este ruido
 que suena en mi barriga?
 Creí que eran seis cabritas,
 mas ahora me parecen chinitas."

Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas: "¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!" Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo.