6 cuentos para partirse de risa para niños

Los más divertidos y originales

Pocas cosas gustan a un padre y una madre como ver reír a sus hijos. Aprovecha estos seis relatos para hacer que ría a carcajadas.

Niña riéndose

Duendes al plato

Voy a compartir contigo un secreto que solo unos pocos niños privilegiados conocemos y que, por su importancia, tendrás que guardar en el fondo del cajón de los secretos, fuera del alcance de ningún padre, cubierto de valientes peluches que lo custodien.
En el fondo de todos los platos hondos, los que usan los papás para la sopa, los caldos y las lentejas, viven unos seres tan diminutos que durante siglos se pensó que eran invisibles. Son tan tan pequeñajos que solo los ojos nuevos de los niños pueden verlos, y eso si se fijan bien y ponen mucho empeño.
Después, en cuanto creces, por mucho que quieras tus ojos, no podrán volver a verlos.
Son seres mágicos cargados de poderes de lo más variado que se pasan al que se los come. Yo, que no era muy amigo de la cuchara, siempre que tengo oportunidad me voy a comer a casa de la abuela, que no perdona un primero de plano hondo ni en verano y, come que te come, voy vaciando el plato y abriendo cada vez más los ojos para poder verlos al llegar al fondo.
Y nunca me decepcionan. Allí están, con sus calzas marrones y su camisa amarilla, con el gorro picudo y unos divertidos zapatos cuyo color varía en función de los poderes. Si te comes uno con zapatos rojos, te aseguras el poder convencer a mamá y a papá de lo que quieras, el de los verdes te permite correr a la velocidad del viento, el de mocasines marrones te enseña a trepar a los árboles más chulos del patio del cole, las sandalias azules te hacen nadar casi sin rozar el agua y el de las botas naranjas te permite meter los pies en los charcos sin que entre ni gota de agua en los zapatos, el de los botines blancos y negros me hace leer y escribir como si ya fuera grande y no veas cómo se pasa con los cuentos que tengo en casa. Y así, cada día, voy conociendo tipos nuevos y probando sus poderes, sin reparar en que, a cada cucharada me voy haciendo más y más grande.
Ayer cumplí 7 años y casi llego al timbre de casa de los abuelos, y eso que viven en un noveno. Para celebrarlo, me empeñé en que mamá me hiciera crema de zanahoria y, a medida que me acercaba al fondo y por más que me empeñaba, no veía duende alguno.
Tan solo me quedaba una cucharada cuando apareció un tipo menudo con chanclas de playa llenas de peces y soles. Me acerqué tanto como pude para verlo bien y, el muy golfo, me llenó la nariz de crema de zanahoria mientras trataba de bajarse de la cuchara.
Yo lo perseguí por el plato hasta darle caza en el borde, a punto de saltar a la mesa. Lo acorralé con miga de pan y lo subí de nuevo a la cuchara. Abrí la boca bien grande y, ¡para dentro!
Saqué la cuchara limpia y reluciente justo en el mismo momento que sentí un fuerte pinchazo en la punta de la lengua. Abrí la boca, saqué la lengua y me quedé bizco tratando de ver qué tenía en ella. Pegado a la punta, agarrado como una garrapata, estaba el duende de playa enfadado y gruñón.
Tosí, escupí y lloré, pero no me soltó. Traté de arrancármelo con los dedos pero se aferró tanto que casi me tuve que parar por miedo a arrancarme la lengua.
Mamá, que siempre presume con las otras mamás de lo bien que como, no podía creer lo que veían sus ojos. Nerviosa, se acercó a mí tratando de tranquilizarme, pero lo único que consiguió fue descuajeringar el molinillo de pimienta que tenía en sus manos y hacer que todo su contenido saliese volando.
La cocina se llenó de polvos que parecían pica pica y, sin poder remediarlo, estornudé con fuerza. El duende se subió a uno de los "perdigones" de mi estornudo y salió disparado, yendo a aterrizar a la comisura de los labios de mamá que, muy alborotada, se llevaba las manos a la boca y hacía, sin querer, que el duende se colase en ella.
Un gran vaso de agua remató la jugada, haciendo que el pequeño ser terminase en el fondo de estómago de mamá en un periquete.
Aquella tarde fue estupenda. Mamá se convirtió en una sirena que cabalgaba por el salón en un enorme caballito de mar. Jugamos hasta la noche entre peces y algas, conchas y arena. Al final del día, aquel fondo marino volvió a ser, en un suspiro, el salón de casa. Agotados nos fuimos a la cama.
No volví a ver ningún otro duende, al menos hasta la fecha, pero sigo tomando sopas y caldos y fijando mi mirada en el fondo mientras hundo la cuchara y cruzo los dedos para volver a encontrarme con un duende en chanclas.

Lucía Rodríguez Mourazos

El loro sin memoria

Víctor era un niño un poco tímido al que le daba miedo hablar delante de la gente. Fuera del colegio no tenía amigos, aunque él soñaba con tener un grupo de amigos con los que jugar y pasarlo bien, sobretodo en verano.
Un día paseaba solo por la calle y hacía muchísimo calor, así que se sentó a descansar bajo la sombra de un árbol. De pronto, escuchó un leve quejido y miró arriba. No podía creer lo que veía. Era un pequeño loro, muy bonito y con muchos colores. Pero tenía muy mal aspecto. Parecía que llevaba bastante tiempo perdido y tenía mucha sed.
Apenas se sostenía sobre la rama de aquel árbol, así que no fue difícil cogerlo.
Víctor se llevó al loro corriendo a casa y le dio agua y algo de comida. El lorito revivió enseguida nada más beber agua.
En poco tiempo se hicieron muy amigos y Víctor encontró alguien con quien hablar. Le contaba muchas cosas, así que el loro pronto comenzó a aprender y repetir las palabras que escuchaba.
Pero, el lorito tenía un problema y es que tenía muy poca memoria. Si alguien decía algo, él sólo recordaba la primera palabra y la última. Y ocurrió que una mañana la mamá de Víctor dijo: "Péinate con cuidado Víctor, o te quedarás calvo". Poco después, el papá de Víctor pasó cerca del loro y éste le dijo: "Péinate calvo." El papá se enfadó con el lorito, porque creyó que se burlaba de su problema de calvicie.
Otro día, mamá le dijo a Víctor: "Cuidado con esa silla que está muy vieja". Luego pasó cerca del lorito la abuelita de Víctor y el loro dijo: "Cuidado vieja". La abuelita también se enfadó con el loro porque no le gustaba que la llamaran vieja y porque al decirle "cuidado", la abuelita se asustó y casi se cae.
Al día siguiente, el papá de Víctor revisaba las facturas de la casa y dijo:"¡Qué caro está todo! Llegaremos a fin de mes por los pelos." La hermana mayor de Víctor, muy coqueta, pasó cerca del loro. Había pasado horas peinándose para estar muy guapa para un baile, cuando el lorito le dijo: "¡Qué pelos!" La hermana de Víctor se enfadó mucho con el loro por decir eso de su peinado y se fue a peinarse otra vez.
Otro día, después de encontrarse con el perro de la vecina, la mamá de Víctor dijo:"Qué perro más sucio. Seguro que tiene alguna pulga." Pasó entonces por ahí la hermana pequeña de Víctor, que estaba muy contenta porque mamá le había dicho que estaba creciendo mucho. El lorito le dijo: "Qué pulga." La hermanita de Víctor se enfadó también con el loro.
Como todos se enfadaban, pronto le pusieron de nombre Bocazas. Víctor era el único que entendía y quería a Bocazas. Como en casa todos se enfadaban con él, Víctor comenzó a sacarlo a pasear.
Un día fueron al parque y unos niños estaban jugando al fútbol. A Víctor le apetecía mucho jugar con ellos al fútbol, pero como era muy tímido prefirió marcharse diciéndole a Bocazas: "Eres un loro y no puedo jugar al fútbol contigo. Además, yo soy muy torpe." Entonces, Bocazas gritó: "Eres torpe."
El niño que tenía el balón en ese momento creyó que el loro le decía a él y todos los demás niños se empezaron a reír.
Víctor pensó que por culpa de la poca memoria de Bocazas, ahora se había metido en un lío con esos niños. Pero no fue así, porque el niño que llevaba el balón también comenzó a reírse a carcajadas por lo que le había dicho el loro.
A esos niños, al igual que a Víctor, Bocazas les parecía un loro de lo más gracioso y simpático.
Víctor y los niños se hicieron muy amigos gracias a Bocazas, que le ayudó a vencer su timidez y le dio confianza para ser él mismo. Y Bocazas encontró unos amigos que se reían mucho y sabían aceptar las bromas y reírse de sí mismos de vez en cuando.

Eva Cano Fortuna

Zurro, el zorro

El zorro Zurro se acercó un día por la ciudad donde viven “los civilizados”. A la entrada de la ciudad se encontró con un perro pastor. El perro le dijo:
- No te acerques más o te zurro.
- Eze zoy yo.
- ¿Quién?
- Zurro, el zorro.
- Nooo. Te digo que no entres a nuestra ciudad o te morderé. Te zurraré. Te daré una buena paliza.
- Bueno, bueno, no hay que ponerze azí, Zurro ez pacífico. Ya me voy.
- Encima no sabes hablar bien. Hablas muy raro, con la zeta.
- Ez un problema que tengo dezde muy joven. De cachorro, haciendo una trazstada, me mordí la lengua y me partí un trozo de ella. Mi madre me dio una zurra. Bueno, adioz.
Iba caminando Zurro por un campo de flores, pensando en que, si fuese una flor, el viento podría llevarlo muy lejos volando hasta la ciudad. Así podría verla.
Entonces decidió hacerse pasar por flor y se quedó dentro del campo de margaritas muy quietecito. Cuando llevaba un rato sin moverse, llegó una abeja y se le posó en la nariz.
- ¿Qué haces aquí tan parado? ¿Estás al acecho de algún animal?
- No. Zoy una flor y eztoy ezperando que llegue el viento y me lleve a la ciudad.
- Ja, ja, ja, estás loco. No digas tonterías- le hincó su aguijón y escapó huyendo.
Zurro salió corriendo, quejándose lastimosamente y se metió en un charco que tenía mucho barro, para aliviar el dolor del picotazo. Entonces, pensó que una vez vio a un granjero coger una piedra de las bolsas que llevan sobre su burro (las alforjas) y tirársela a él. Como estaba lleno de barro –pensó-, parecía una piedra. De esta forma se convirtió en una piedra quedándose muy quieto a orillas del charco. El primer granjero que pasase le cogería, le metería en las alforjas de su burro y le llevaría a la ciudad.
Después de mucho rato, se había secado y parecía una piedra grande de verdad. Llegó a orillas del charco un burro con dos alforjas colgadas a su lomo y se dispuso a beber agua. Después de saciar su sed encorvó sus patas traseras apoyándose sobre Zurro.
 -¡¡¡Ayyy, que me aplastas!!!
Entonces el burro dio un salto por la sorpresa y le dijo:
- ¿Pero, qué haces ahí encogido en el suelo?
- Ez que me aburro.
- ¿Qué te a-burras?
- No. Que me eztaba aburriendo de ezperar.
Zurro le contó su idea y el burro comenzó a reírse a carcajadas.
- Ji Jaaa, Ji Jaaaa Ji Jaaa Ja Ja. Y luego dicen de los burros. Compararme a mí con esta gentuza. Yo, que soy diplomado en Carreras Hípicas de Caballos y Burros.
Se dio la vuelta y se fue sin dejar de reírse con su amo al campo de trigo. Como el zorro vio que no funcionaría su estrategia, decidió encaminarse hacia la ciudad y burlar al perro que le había echado de la entrada.
Andando, andando, se encontró de frente una zorra muy magullada, pero que para él era preciosa. Se enamoró de ella al instante.
- ¿Pero, que te ha pazado? –preguntó el zorro. La zorra no le contestó, solo le miró.
- ¿Pero, que te ha pazado? –preguntó por segunda vez levantando un poco más la voz. La zorra tampoco contestó, solo le miró.
- ¿Pero, que te ha pazado? –preguntó por tercera vez gritando. La zorra puso una cara extraña, viendo que él estába gritando.
- ¿Ez que eztáz Zorda? –dijo muy cerca de ella.
- Sí, soy Zorda, me llamo Zorda y estoy muy sorda, así que háblame muy alto.
Zorda, la zorra, explicó a Zurro, el zorro que, por su sordera, no había hecho caso a un perro que le advirtió que no entrase en la ciudad, y en cuanto la vieron los humanos por allí, comenzaron a apedrearla y lastimarla con palos. Entonces tuvo que salir corriendo.
Zurro, que sabía dónde estaba el charco del barro, la llevó allí y cubrió sus heridas con barro para aliviarla.
Desistió de acercarse a la ciudad y, al contrario, los dos se fueron en dirección al bosque donde hicieron una vida feliz en pareja, tuvieron cuatro cachorritos y fueron feliZes y comieron perdiZes. A sus cachorros los pusieron de nombre: Zurda, Zerda, Zerdo y Zordo.

Ángel López Díaz

Pablo y sus trabajos

Érase una vez un niño llamado Pablo que vivía con su madre en una pequeña cabaña situada en el bosque, a las afueras del pueblo. Como eran muy pobres, la madre de Pablo tenía que trabajar muchísimo: eran horas y horas las que se pasaba cada día cosiendo y arreglando la ropa de sus vecinos. Mientras, Pablo se pasaba los días aburridos sin dar ni golpe. Durante el invierno se pasaba el día sentado en frente de la chimenea para calentarse y durante el verano, se sentaba fuera de la cabaña a disfrutar del sol en el jardín. Y era así como Pablo pasaba los días hasta que un día su madre aburrida y cansada le dijo:
- ¡Quien no trabaja no come en esta casa! Tienes que comenzar a trabajar y dejar de holgazanear todo el día.
Y así fue como Pablo comenzó a trabajar. El primer empleo que Pablo encontró fue en una granja, donde le pagarían una moneda por un día de trabajo en el campo. Pablo recogió trigo, llevó las vacas y las ovejas a pastar y aún le dio tiempo a dar de beber a todos los animales del corral.
El granjero quedó muy satisfecho con el trabajo realizado por Pablo, así que le dio la recompensa prometida: una moneda que Pablo guardó en el bolsillo de su camisa. De regreso a casa, Pablo tropezó con una pequeña piedra con tan mala suerte que la moneda se le cayó a un pequeño río cercano. ¡Pobre Pablo! ¿Cómo le explicaría a su madre lo que había pasado?
- ¡Pareces tonto, Pablo! ¡Un bala perdida! ¿Porqué no guardaste la moneda en el bolso?
- ¡Te prometo que es lo que haré la próxima vez!, dijo Pablo todo serio.
Al día siguiente, Pablo fue a trabajar a una granja vecina, donde lo mandaron llevar el rebaño de ovejas a pastar a las montañas. Y así fue. Otra vez hizo un buen trabajo con lo que recibió su recompensa, sólo que esta vez, en vez de una moneda, Pablo obtuvo un enorme cántaro de leche fresca, recién ordeñado de la vaca Mu. Pero, ¿dónde lo llevaría?
- Ya lo sé, haré lo que dijo mi madre y lo guardaré en el bolso.
Y así fue como Pablo regresó para su casa. Pero, paso que daba, paso en el que se derramaba leche al suelo. Resultado: cuando Pablo llegó a su casa no había ni una gotita de leche en el cántaro.
- Pero, Pablo, ¿no sabes que debías de haber traído el cántaro de leche en la cabeza?, le dice su madre.
- Ohhh, te prometo que la próxima vez lo haré así.
Otro día de trabajo, y otra recompensa: esta vez un gran queso fresco y mantecoso. Y, tal como le había prometido a su madre, Pablo decidió llevar el queso en la cabeza. Era un día tan caluroso que el queso se derritió todo por su cabeza, dejando su pelo con un “bonito” color blanquecino.
- Ufff, ¿pero qué voy a hacer contigo? ¿Por qué no trajiste el queso en la mano?, le reprochó su madre.
- No te preocupes mamá, la próxima vez así lo haré.
Al otro día, Pablo va a ayudar al panadero del pueblo a preparar el pan. ¿Y que recibe a cambio esta vez? Pues un precioso gato. Feliz de la vida, Pablo coge el animal entre sus manos y empieza su regreso para casa. Pero, resultó que el gato era muy inquieto con lo que empezó a arañarle y a morderle las manos, la ropa y todo lo que se le ponía a su alcance. Pablo lo sujetó con todas sus fuerzas pero, al final termina por escapársele de sus manos y salir huyendo. Y a pesar de lo mucho que corrió Pablo para alcanzarlo, no tuvo ninguna oportunidad de detenerlo, ya que el gato era muy ágil y rápido. Una vez más, Pablo llega con las manos vacías a casa y su madre no podía creerlo.
- Pablo, ¿sabes lo que tenías que haber hecho? Debías de haberlo atado con una cuerda y traerlo detrás de ti.
- ¡Así lo haré la próxima vez, mamá!
La carnicería fue el siguiente destino de Pablo para trabajar. Después de una dura mañana de trabajo, Pablo recibió como recompensa un sabroso y magnífico jamón.
- ¿Cómo lo puedo llevar para casa? Atado con una cuerda y arrastrándolo detrás mía.
Lo que le había parecido una buena idea, resultó ser un desastre, ya que, cuando llegó a casa, el jamón estaba tan lleno de polvo, que nadie lo podría comer.
- ¡ Pablo, tenías que haber cargado el jamón a la espalda!
- ¡Lo siento, mami! ¡Así lo haré la próxima vez!
Pasaron un par de días antes de que Pablo volviese a trabajar. Y esta vez fue a la casa de un pastor, donde le pagaron con un burro por su buen trabajo. Y a pesar de que el burro era mucho más pesado de lo que Pablo se podía imaginar, no desistió hasta que consiguió cargar al animal a sus espaldas, tal y como le había prometido a su madre.
De camino para casa, el muchacho pasó por delante de la casa de Tomás, que era el hombre más rico del pueblo. Tomás tenía una hija muy bella, pero que tenía un problema: ¡nadie conseguía hacerla reír!
Tal era la desesperación de su padre ante la apatía que mostraba su hija, que había prometido que aquel que la hiciese reír sería el que se casaría con ella.
¡Y eso fue lo que aconteció! Muy aburrida, como cada día, María (la bella hija de Tomás) estaba asomada a la ventana de su cuarto cuando vio un espectáculo que no la dejó indiferente. Un joven y acalorado muchacho, con pinta de que no iba a ser capaz de dar un paso más sin caerse, cargaba con un enorme y pesado burro a sus espaldas. Tal fue su sorpresa y su asombro que una enorme carcajada inundó toda la casa, llamando la atención de todos sus habitantes que se asomaron a ver lo que pasaba.
Una semana más tarde, Pablo y María se casaron, vivieron felices y comieron perdices. ¡Y Pablo no volvió a trabajar!

Óscar J. García Pérez

Con los dedos de una mano

A mi mejor amiga todo el mundo le llama SIX. Sí, SIX, seis en inglés. A veces creo que ya nadie recuerda su nombre real. Os confieso que, al menos a mi, se me ha olvidado, si es que algún día lo supe.
Y como pasa siempre, os estaréis preguntando que de dónde viene ese nombre y eso si lo recuerdo.
Cuando Six empezó a aprender a contar utilizaba los dedos de la mano para llevar la cuenta. Empezaba levantando el dedo gordo al tiempo que decía UNO, luego estiraba el índice y cantaba DOS, turno del dedo corazón y el TRES, le seguía el anular con el CUATRO, el meñique con el CINCO y, en vez de dar la cuenta por finalizada, levantaba de nuevo el pulgar y decía SEIS.
Que para que todos me entendáis, empezaba con el dedo que se comió el huevo, seguía con el que le echó sal, el que lo frió, el que lo compró, el de la plaza y volvía al que se zampó el huevo.
Pues en esas estaba mi amiga Six cuando las vacaciones de verano trajeron desde Inglaterra a su prima Noa, un poco mayor que ella y que no daba crédito de la forma de contar que tenían los niños españoles. Así que Noa, cada vez que Six hacía el baile de los dedos se destornillaba de risa repitiendo SIX, SIX, SIX... Y rebautizó la prima Noa a Six, con tanto éxito que el nombre original a todos se nos olvidó.
Pero lo más fantástico de todo es que, pasados los años, Six tuvo una preciosa niña sana y fuerte, con un solo defecto menor, que la mamá parecía ver venir desde canija, en su mano derecha, en vez de cinco había nada menos que SEIS dedos. ¿Os lo podéis creer? Y tú, cuenta, cuenta, ¿cuántos dedos tienes en tus manos?

José Seoane

El gusanito Pepito

Érase una vez un gusanito llamado Pepito. Pepito, que era muy chiquitín, vivía en un bonito jardín, muy verde, y con muchas flores. Hasta tenía su propia laguna, en la que vivían muchos peces de colores.
Pepito, que siempre había sido muy curioso, quería atravesar la laguna para llegar al otro lado del jardín, donde se decía que había un gran tesoro.
Un día, cuando Pepito reunió unas cuantas hojas de morera y dos miguitas de pan, cogió su mejor gorra, una sombrillita de margarita y se encaminó a recorrer su gran aventura.
El día era espléndido, el sol brillaba, el cielo estaba muy azul y corría una suave brisa muy leve que a Pepito le producía una agradable sensación.
Por el camino, iba cantando cuando, de pronto, se encontró con una mariquita que estaba llorando en una piedrecita.
- ¿Qué te pasa, amiga mariquita?, preguntó Pepito.
- Pues que he perdido uno de mis puntitos negros", respondió la mariquita.
- ¡Qué cosa tan grave! Pero no te preocupes, yo te ayudaré.
Juntos, se pusieron a buscar el puntito negro que se había perdido. Buscaron bajo las piedras, por encima de las flores, detrás de los árboles, pero nada, no estaba por ningún sitio. De pronto, mientras caminaban, Pepito vio algo en el pie de su amiguita.
- Acércate, Mariquita, que tienes algo en el pie.
Entonces, al observar el pie, se fijaron en que el puntito estaba ahí, se había caído y, sin querer, la mariquita la llevaba pegada en el pie.
- Muchas gracias. Como regalo por tu ayuda te daré esta cuerda mágica que nunca se acaba.
Pepito, muy feliz, la cogió y prosiguió su camino. Iba saltando cuando, de nuevo, encontró otro amiguito llorando. Esta vez, era un saltamontes tristón.
- ¿Qué te pasa, amigo saltamontes
- Pues que se me ha roto la cuerda de mi violín.
- No te preocupes, amigo mío, pues aquí llevo cuerda para arreglarlo.
Tan pronto como lo dijo, sacó de su mochila un trozo de cuerda mágica, y arregló el violín.
-Muchas gracias, Pepito. Ahora puedo tocar mi violín horas y horas y, como recompensa, te daré ese trozo de tela mágico al que sólo tienes que pedir en qué quieres que se convierta, y así lo hará.
Pepito, siguió su camino, muy feliz, porque había podido ayudar a dos bichitos. De nuevo, otro bichito lloraba y lloraba, esta vez era una abejita.
- ¿Qué te pasa, amiga abeja?
- He perdido mi sombrerito.
- Tranquila, amiga, aquí tengo tela mágica y podré hacerte un sombrero nuevo.
Pepito sacó un trozo de su tela y le pidió que se convirtiera en el sombrerito más bello del mundo, y así lo hizo. Le dio el sombrerito a su amiguita nueva, y ésta, de la felicidad, le hizo un regalo.
- Aquí tienes un silbato mágico. Con él podrás llamar a cualquier insecto que esté cerca tuyo y, tan sólo con mostrárselo, te ayudará sin dudarlo.
Pepito prosiguió su camino, y al fin, llegó al borde de la laguna. La miró, y se dio cuenta de lo profunda y peligrosa que era y, además, no sabía cómo podría atravesarla. Pensó y pensó, y de pronto llegó la idea.
- Ya sé, con mi trozo de tela, haré un barquito, con el que podré pasar, pero ¿cómo podré llegar al otro lado?, si no hay nada de viento...
Tras pensar y pensar y pensar, recordó lo que su amiga la abeja le había contado.
- El silbato, ¡claro! ¿Cómo no me había acordado?
 Cogió su silbato y lo sopló lo más fuerte que pudo. Al pronto, apareció una gran mariposa, la más bonita que jamás había visto.
- Dime, amigo gusanito, ¿qué te sucede?
- Pues que no sé cómo cruzar el río.
- Yo te ayudaré. Déjame un trozo de cuerda y yo tiraré de ti.
Entonces, Pepito, cogió la cuerda que su amigo la mariquita le había regalado, se la dio a la mariposa y la agarró fuerte para que tirara de él y del barquito.
En menos de media hora, Pepito ya había llegado al otro lado de la orilla.
- Gracias, amiga mariposa.
Por fin había llegado a su destino, el otro lado de la orilla, donde había escuchado que había un tesoro maravilloso. Andó y andó, siguiendo los pasos que marcaba el camino al tesoro, y por al fin llegó.
- Pero, ¿dónde está el tesoro? No hay monedas.
Pepito miró a un lado y al otro, pero no las vio por ningún sitio. De pronto, se percató de que estaban sus nuevos amigos: la mariquita, el saltamontes, la abeja y la mariposa. - - ¿Qué hacéis vosotros aquí, amigos míos
- Esperábamos que llegase nuestro nuevo amigo, un bichito al que no le importase pararse a ayudar a otro, aunque tuviera prisa por encontrar un tesoro, y al que no le importara hacerlo sin recibir nada a cambio.
Pepito, se quedó pensativo, no sabía a quién podrían estar esperando.
- Y por fin ha llegado ese bichito, eres tú, Pepito.
Pepito, se quedó boquiabierto, no se había dado cuenta de que con sus acciones, había sido amable con ellos, era una cosa natural el ayudar.
- Como eres el bichito esperado, Pepito, queremos decirte que el tesoro del que hablaban todos es la amistad y que, pase lo que pase, nunca perderá valor ni se podrá vender o perder.
Pepito se alegró muchísimo de haberles encontrado, ya que podría jugar y contar con ellos por siempre jamás, pues la amistad, es el mejor tesoro del mundo mundial.

Natividad Redondo