4 cuentos sobre Halloween

Entre brujas y vampiros

Brujas, momias y vampiros se cuelan en estos originales relatos redactados por algunas de nuestras lectoras. No dejes de compartirlos con tu hijo cuando se acerque Halloween.

4 cuentos sobre Halloween

El rayo de luna

Hace mucho tiempo había un pueblo de pescadores que vivían muy cerca del mar. Eran como una gran familia ya que siempre estaban dispuestos a ayudarse los unos a los otros. Las noches en que había luna llena, se reunían en la playa, hacían una fogata y se sentaban alrededor de ella para charlar mientras los pequeños jugaban.

Una de esas noches, justo un 31 de octubre, la luna llena estaba más hermosa y brillante que nunca. Los rayos de luz de luna caían sobre el mar y formaban un camino de plata por el que parecía que se podía andar. Todos estaban impresionados hablando de eso cuando de repente comenzaron a ver que desde la oscuridad se acercaban seres extraños que venían hacia ellos por ese camino de plata.

Al principio pensaron que eran extraterrestres que venían de la luna, pero al tenerlos más cerca se dieron cuenta que eran monstruos que venían de la oscuridad.

“¡Socorro! ¡Huyamos!” Todos a una corrieron a sus casas con sus hijos, pero la luna se sintió culpable por haber creado el camino de plata, así que, con uno de sus rayos llamó a un niños y le dijo que esos seres, aunque asustaban, eran solo unos amargados y que el remedio para que no fueran tan malos era derrotar esa amargura con dulzura.

El niño corrió y le contó a sus amigos el secreto que le había compartido la luna y todos cogieron cestas llenas de golosinas para dárselas a aquellos seres tan horribles. Cuando los monstruos se comieron las golosinas, se volvieron muy dulces y regresaron por el camino de plata perdiéndose de nuevo en la oscuridad. Pero el efecto de los caramelos les dura justo un año, así que cada 31 de octubre los monstruos regresan a la tierra para que les den su nueva ración de golosinas y tú debes decidir si hay truco o trato y recordar el secreto de la luna que mantiene que la amargura se vence con la dulzura.

Milagrosa

La brujita Luna

 Luna, la pequeña brujita del bosque encantado, se desperezó en su casita del árbol, se levantó nerviosa y corrió a la cocina.

“Hoy es el día de Halloween, hoy es el día de Halloween”, entró gritando en la cocina. Su madre la miró sonriendo, “hoy es nuestra noche”, le dijo mientras le terminaba de preparar el desayuno. “Hoy podemos pasearnos por el pueblo, nadie nos dirá nada, nadie notará que no somos como ellos.”

Su madre sonrió por lo bajo y continuó con sus tareas diarias. Luna pasó el día nerviosa y cuando aún faltaban unas horas para que anocheciera ya tenía puesto su mejor traje, negro y naranja como a ella le gustaba, y un fantástico gorro de bruja puntiagudo negro como el carbón y con unos magníficos retales naranjas que ella misma había cosido.

Sus botas de punta perfectamente limpias, sus medias con algún que otro agujero y por último su escoba. Esperó pacientemente a que oscureciera y, cuando su madre abrió la puerta, le dio un beso y salió corriendo. Pudo observar como muchas de sus compañeras de escuela salían también del bosque preparadas para hacer “bu”.

Luna se colocó en el borde del bosque, a oscuras, y cuando pasaron los primeros niños hizo “buuu”. Estos saltaron asustados y se rieron cuando vieron a la joven bruja escondida. Luna también sonrió cuando una de ellas le dijo que había sido el mejor disfraz de Halloween que había visto. La noche siguió en la misma línea. Luna asustaba a niños y niñas del pueblo, regaló caramelos a algunos y sonreía cada vez que le recordaban el realismo de su traje. La noche pasó demasiado rápido. Luna se encontró cerca del bosque mirando cómo salía el sol de nuevo, volvía a su claro del bosque,  donde las brujas, los magos y demás criaturas vivían en armonía Echaba de menos la convivencia con humanos, pero sabía que le estaba vetado. El año que viene otra vez. El año que viene volvería a ser Halloween.

Juan Antonio Gómez Gómez

El niño de color verde

Érase una vez un niño verde, sí, sí, verde como las lechugas y, ¿por qué era verde? Porque sus padres eran unos brujos verdes, pero brujos buenos, claro. La verdad es que ser verde le había traído muchos problemas, a los demás niños no les gustaba y muchos se reían de él y como sus padres veían que se ponía muy triste, lo tenían siempre en casa. Se acercaba el cumpleaños de Distin. Últimamente había estado un poco triste porque se sentía solo, así que su madre decidió buscar en su libro de hechizos uno para poder alegrar a su pequeño. Así que buscó y rebuscó, pero su magia no podía cambiarlo de color ya que como también era un brujo la magia no funcionaba con él. Nada, no encontraba nada hasta que vio que había un hechizo llamado Halloween. Era muy difícil de hacer y solo duraba una noche, pero tenía que intentarlo. Así que empezó el plan, era 31 de octubre, el cumpleaños de Distin, a preparar la fiesta e invitar a todos los niños, pero no la podía hacer en su casa porque sino los niños no querrían ir, así que la haría por todas las casas del pueblo. Tenía que decorar y para eso sí que usaría su magia, utilizaría su decoración favorita, calabazas, murciélagos, arañas, cosas de brujas...

“La noche de Halloween quiero celebrar arañas, murciélagos, calabazas para decorar, caramelos, piruletas dulces para regalar todos los niños para participar. “Truco o trato” dirán y en monstruos se transformarán.” Lanzó su hechizo y todo el pueblo quedó decorado, llamó a Distin para que lo viese, le encantaba cómo estaba todo, pero no había niños con los que jugar.

“Espera y verás”, le dijo su madre. Y al viento susurró “truco o trato” y hasta las orejas de los más pequeños el susurro llegó.

Cada vez que alguien decía estas palabras el hechizo le transformaba en monstruo, pero en un monstruo bueno y divertido. Cada vez eran más brujas, hombres lobos, vampiros, momias… Distin era uno más, ya podía ir a jugar con ellos sin sentirse diferente. Así lo hizo. Llamaban a todas las casas y les daban caramelos, era el mejor cumpleaños que nunca había vivido, era feliz siendo uno más. Un pequeño vampiro se pasó toda la noche con él, se lo pasaron genial, estuvieron hablando y tenían muchas cosas en común, les gustaban los mismos libros de aventuras y jugar a adivinar acertijos, y cómo no correr de un lado para otro.

Pero la noche llegaba a su fin, y el hechizo de Halloween también. “Qué pena no volver a ver a su amigo”, pensaba. Decidió aprovechar hasta el último momento, hasta que el hechizo se deshiciera. El primer rayo de sol apareció y el pequeño vampiro pasó a ser simplemente Ánder, un niño normal y corriente, pero Distin no cambió, Ánder se extrañó:

- ¿Por qué sigues siendo verde? ¿Es que no vas a volver a ser normal?

- Ya soy normal, siempre he sido así.– Y Distin le explicó que era hijo de unos brujos. A Ánder no le importó, se lo había pasado tan bien con él aquella noche que quería poder jugar con él otro día. Y así lo hicieron, y no solo un día sino muchos más. Otros niños también se acercaron a jugar con él al ver que Ánder no se asustaba y que se divertían juntos.

También hay que decir que otros niños se seguían riendo de él, pero bueno no se puede gustar a todo el mundo, lo importante es que tenía amigos que lo querían tal y como era, verde como una lechuga. Y como se lo habían pasado tan bien, Distin cada 31 de octubre celebra su cumpleaños y ya debe tener más de mil años.

Maribel Martos López

La calabaza embrujada

- ¿Qué traes ahí mamá, que traes?

A Adrián le encantaba registrar las bolsas cuando su mamá volvía de la compra. Porque a veces había sorpresas agradables: una tableta de chocolate, unos caramelos…

- ¡Adrián, quieto! Deja de revolver las bolsas que vas a tirarlo todo– dijo su madre.

Pero aquel día parecía no haber nada interesante. A excepción de una enorme calabaza que su madre sacó de la bolsa y depositó en la encimera de la cocina. Era realmente enorme, la más grande que Adrián había visto nunca. Cuando le preguntó para que era, su madre le dijo que era para una crema de puerros y calabaza. Cuando se quedó solo en la cocina, Adrián se quedó observando pensativo la calabaza cuando de repente aparecieron en ella dos enormes y fantasmagóricos ojos negros.

- ¡AAAAAAAAAAH!– gritó Adrián y retrocedió de un salto tan rápido que sin querer tiró una pila de platos que había en el fregadero. Su madre acudió enseguida ante semejante estruendo.

- ¿Pero qué has hecho, Adrián? ¡Sal ahora mismo de la cocina!

- Pero... yo… la calabaza…– intentó explicar Adrián.

- ¡Vete ahora mismo a tu habitación!

Adrián se fue a su cuarto cabizbajo y asustado. Estuvo un rato pensando en ello, y al final llegó a la conclusión de que era imposible que la calabaza tuviera ojos, debía de habérselo imaginado. Al rato salió de su cuarto para ir a ver un rato la tele al salón. Pero al pasar junto a la cocina la puerta estaba abierta, y pudo ver cómo la calabaza abría otra vez los ojos, y además le sonreía con una sonrisa maléfica con una boca llena de dientes puntiagudos.

Adrián salió corriendo aterrorizado y tropezó con su padre, que llegaba en aquel momento a casa y acababa de entrar por la puerta. ¡Del tropezón que se llevó se cayó de culo al suelo!

- Pero, hijo mío, ¿qué haces? ¡Que te vas a matar dando esas carreras!

- ¡Papá, papá! Es que la calabaza.

- ¿Qué calabaza?

- La que ha traído mamá, ¡está viva!

- Pero qué dices, hijo, anda que no tienes imaginación.

- Que no, papá, que le he visto los dientes.

- Creo que has visto demasiados dibujos animados de Halloween. Deberías ver menos tele y leer un poco.

Estaba claro que nadie iba a creerle, así que Adrián desistió. Esa noche se levantó de madrugada porque tenía ganas de hacer pis y cuando iba por el pasillo medio adormilado en dirección al baño, sin encender la luz porque había luna llena y entraba algo de claridad por las ventanas, se quedó petrificado cuando vio a la calabaza ¡andando en dirección al dormitorio de sus padres! Ahora además de ojos y boca llena de dientes, le habían salido unas raquíticas patitas negras llenas de pelos, como las de algunos insectos, y con ellas caminaba con andar sigiloso, seguro que con aviesas intenciones. Adrián corrió de vuelta a su cuarto y se encerró echando el pestillo. Apoyando la espalda en la puerta, jadeaba por el esfuerzo y estaba tan nervioso que casi temblaba.

- ¿Qué puedo hacer?– se dijo a sí mismo. Tengo que pensar en algo antes de que esa calabaza le haga daño a mi familia.

Estaba muy asustado, pero tenía que hacer algo. También sabía que sus padres se enfadarían mucho si cometía una imprudencia y se enfrentaba él solo a algo peligroso. No, no podía arriesgarse a acercarse a la calabaza. Podía gritar para intentar despertar a sus padres, pero no se atrevía a abrir la puerta y con ella cerrada seguro que no le oirían porque el dormitorio estaba en la otra punta de la casa. ¿Qué podía hacer? Empezó a mirar todo lo que había en su habitación y sus ojos se fijaron en su camión gigante teledirigido. ¡Entonces tuvo una idea! Cogió el mando a distancia y puso el camión delante de la puerta. La abrió y vio a la calabaza ya a punto de entrar en el dormitorio de sus padres. ¡No había tiempo que perder! Teledirigió el camión a toda su potencia por el pasillo de la casa. La calabaza lo miró sorprendida pero no tuvo tiempo de más: el camión la embistió con fuerza y por un instante voló por los aires, cayendo casualmente sobre el volquete vacío del camión con las patas para arriba.

- ¡Bien!– se dijo Adrián, y continuó dirigiendo el camión a través del salón mientras corría tras él a cierta distancia. En ese momento se dio cuenta de que la ventana de la terraza estaba abierta así que, antes de que la calabaza tuviera tiempo de reaccionar, estrelló el camión contra la barandilla, provocando con el golpe que la calabaza saliera volando otra vez, tan alto que terminó cayendo por encima del balcón y estrellándose contra el suelo tres pisos más abajo, escuchándose un gran ¡plof!

Tanto ruido sí que terminó por despertar a sus padres, que acudieron rápidamente al salón a ver qué había pasado. Vieron que Adrián miraba por el balcón y se asomaron también: allí vieron la calabaza, o más bien los trocitos que quedaban de ella, espachurrados por toda la acera.

- Pero, hijo, ¿qué ha pasado aquí? ¿Qué has hecho?– dijo su padre.

- Es por esa dichosa calabaza que le tenía obsesionado– dijo su madre. Seguro que ha tenido una pesadilla con ella y medio dormido se ha levantado y la ha tirado por la terraza. A ver ahora qué hago yo mañana de cena

- Mamá, a partir de ahora me comeré todas las verduras que quieras en la cena, incluso las coles de Bruselas pero, por favor, ¡prométeme que la crema de calabaza la comprarás ya envasada en tetra brick!

Elena Gallo Soto