6 cuentos de Navidad para niños

Transmítele las tradiciones

Compartir con nuestros hijos el espíritu navideño, enseñarle nuestras tradiciones, despertar en ellos emociones más allá de los regalos... Lee con él estos cuentos inspirados en la Navidad antes de dormir.

Niños leyendo en Navidad

Una lección de Navidad

Era la noche de Navidad y en todas las casas las familias se disponían a celebrar la Nochebuena. De pronto, en el silencio de la noche, se oyó un fuerte ruido en la calle. Algunas personas se asomaron con miedo a sus ventanas y vieron a un grupo de hombres encapuchados que habían tirado varios adoquines contra el escaparate de un bazar y pintaban con una brocha en la pared: "¡Fuera extranjeros!" "¡España para los españoles!" El bazar era propiedad de un inmigrante marroquí que se había instalado en el barrio siete años atrás y vivía en un piso cercano con su mujer y tres hijos que estudiaban en el colegio de allí mismo.
La gente, muy asustada, corrió las cortinas o cerró sus ventanas y siguieron con sus preparativos de la cena de Navidad. Nadie se atrevió a llamar a la policía. Los asaltantes se marcharon tan tranquilos y con grandes risotadas.
Al poco rato dentro de la tienda se oyeron algunas voces: "¡Vámonos a nuestra tierra!" "Pero, ¿te has vuelto loco? ¿Cómo nos vamos a ir?" "¿Es que no te das cuenta que acá no nos quieren? Ea, vámonos ahora mismo." Y el bazar empezó a bullir como si fuese un hormiguero.
El café se marchó enseguida para Colombia y Brasil, de donde habían venido hacía muchísimos años. El té cogió un vuelo charter para India, Camerún y Ruanda. Los collares de diamantes sacaron vuelo para Sudáfrica, Sierra Leona y Congo. Los anillos y otras prendas de oro se fueron, muy irritados, también a Sudáfrica y Latinoamérica. Las telas de algodón prepararon su pasaporte a Egipto y las sedas a China. Toda la ropa vaquera se fue a Estados Unidos. La carne, muy enojada, hizo sus maletas a Uruguay y Argentina, y los plátanos partieron a Guatemala, Colombia, Nicaragua y Ecuador. El millo y las papas se repartieron por todos los países de Latinoamérica, donde habían nacido sus tatarabuelos. El cobre se fue a Chile y el níquel a Nigeria... Y así, poco a poco, cada cosa se marchó a su país de origen. El bazar se iba quedando casi vacío.
La gente del barrio, volvió a asomarse a sus ventanas al sentir el movimiento de los extranjeros que se largaban tan enfadados. Se reían de ellos y se encogían de hombros diciendo: "Bueno, ¡que se vayan! Aquí tenemos de sobra y nuestras fábricas producen de todo."
En ese mismo momento, el fuego de sus cocinas se apagó, la comida se estropeó y sus hornos dejaron crudo el pavo, pues el gas se marchó volando a Argelia. Así que tuvieron que pedir, en todos los hogares, una pizza urgente, pero les contestaron que el servicio había quebrado: ¡Todas las pizzas se habían ido a Italia sin avisar!
Dispuestos a no quedarse sin cena navideña, muchas familias cogieron sus coches para ir a algún restaurante que quedase abierto pero, ¡no había gasolina en sus depósitos ni en las estaciones de servicio! El petróleo se fue a Venezuela y al Golfo Pérsico. Además los coches habían quedado hechos una birria: el caucho de las ruedas también se había ido a su país, y las carrocerías parecían de chicle, pues el aluminio, el hierro, el plástico, … ya no estaban, tampoco. ¡Vaya Navidad!
Casi desesperados, con mucha hambre y aburridos, unos conectaron el ordenador para pasar el tiempo con un video-juego, otros escribieron mensajes en sus teléfonos móviles, pero tampoco pudieron hacerlo. Nadie sabía que esos mecanismos funcionan con un mineral llamado coltán, que fue el primero en irse al Congo, de donde lo habían traído recientemente. Además, estos utensilios tan modernos, ya habían reservado billete para Japón, Taiwán y Tailandia.
"¡Bueno, no pasa nada! Encendamos la chimenea y cantemos "Noche de Paz"”, se dijeron unos a otros para animarse. Más ni siquiera eso pudieron hacer: el villancico había regresado a Austria a vivir en casa de su compositor.
Entonces, aquella gente de aquel barrio, miró con lágrimas de arrepentimiento la pintada del bazar: "¡Fuera extranjeros!", y pensaron que no deberían haber permitido a aquellos brutos hacer tal barbaridad.

Anabel Andrés

Un abeto muy especial

Un día de otoño que Jaime paseaba por el bosque se encontró un bastón de madera oscura y vieja. Lo recogió preguntándose quién habría perdido un bastón tan elegante. Al llegar a la entrada del bosque de abetos se encontró a un anciano que lloraba sentado en una roca. Jaime se acercó y le preguntó preocupado:
- ¿Por qué lloras? ¿Puedo ayudarte?
- ¡Qué bien encontrar un niño que me ayude! Tropecé en el camino con unas piedras y se me cayeron mis gafas y el bastón que me ayudaba a andar. Ahora estoy perdido y tengo un pie hinchado que no me deja seguir.
- No te preocupes – dijo Jaime -. Aquí tienes tu bastón, lo encontré mientras paseaba. Si te apoyas en mí puedo ayudarte a volver a tu casa.
El anciano, muy contento, se puso en pie. Con ayuda de su bastón y poniendo una mano sobre el hombro de Jaime pudo andar con pasitos cortos. Por el camino tuvieron la suerte de encontrar las gafas del anciano quien pudo, así, volver a su casa lleno de alegría. En agradecimiento quiso hacer un regalo a Jaime:
- Aquí tienes esta semilla de un árbol muy especial. Plántala y cuídala con paciencia. Crecerá despacito un árbol hermoso que traerá felicidad a tu casa y protegerá siempre a tu familia, especialmente en Navidad.
Jaime tomó en su mano la semilla, que le pareció muy delicada. Era redonda, marrón, y parecía que tenía un ala pequeña como si quisiera echar a volar. La llevó con cuidado en su mano hasta su casa donde buscó una gran maceta de barro. Escogió de su jardín la tierra más oscura y puso la semilla en el centro. La regó con agua y la colocó en un rincón protegido del viento.
Cada semana Jaime regaba su maceta y observaba la tierra por si veía alguna novedad, pero nada parecía cambiar. Llegó el invierno y seguía preocupándose de que la tierra siempre estuviera húmeda, pero sin helarse. Pasaron varios meses y Jaime se entristeció, porque sentía que había perdido el tiempo cuidando de aquella maceta en la que nunca pasaba nada. Sin embargo, la primavera llegó y, con los primeros rayos de sol, apareció una puntita blanca en la superficie de la tierra. Este pequeño brote se fue alargando y cambiando de color, primero verde claro y luego verde más oscuro. El rostro de Jaime se llenó de ilusión y puso la maceta en el lugar más soleado del jardín para que despertase pronto de su largo reposo invernal.
Con el paso de los días, pequeñas hojas en forma de agujas salían de los laterales de la planta que se estiraba y crecía, como si los rayos de sol tirasen de ella hacia arriba. Al cabo de unos meses crecieron nuevas ramas que se llenaron de miles de agujas verdes y brillantes. La planta crecía despacio, pero a Jaime no le importaba, él seguía mimándola con esmero.
Después de varios años de riegos, cuidados y alguna que otra poda, la planta resultó ser un hermoso y robusto abeto. Como la maceta se había quedado pequeña, Jaime la transplantó al centro del jardín, junto a los rosales, en el lugar principal. Ese invierno, al llegar la Navidad, decoraron el abeto con grandes bolas de colores, llenaron las ramas de espumillón brillante y colocaron una guirnalda de luces a su alrededor.
Todos los vecinos del barrio se acercaron a ver ese árbol tan especial en el que nunca se habían fijado hasta ahora. Miraban sorprendidos y no podían evitar una sonrisa al decir: “¡Es el árbol más bonito que hemos visto!”; y la alegría, que era contagiosa, se extendía entre todos.
Esa Nochebuena, después de haber cenado todos en familia, Jaime se asomó a la ventana para contemplar a su querido abeto, que relucía con los colores del arco iris. Una estrella fugaz cruzó el cielo y, justo antes de caer a la tierra, se posó en lo alto del abeto, iluminándolo con una gran luz blanca. Jaime se llenó de alegría y vio en la estrella el rostro del anciano al que varios años atrás ayudó a volver a casa con su bastón perdido. Recordó sus palabras y sintió una inmensa felicidad. Mirando a su alrededor se dio cuenta de que toda su familia estaba contenta y reía disfrutando de los juegos. Antes de unirse a ellos en la fiesta, volvió a mirar a su árbol y pidió que cada año la alegría volviera en Navidad para iluminarles, igual que lo hacían esa noche las luces de su amigo el abeto.

Marta García Rodríguez

Navidad solidaria

Esta historia comienza unas navidades no muy lejanas. En casi todo el mundo, las familia reunidas las celebraban. Las calles de las ciudades y pueblos se iluminaban con miles de bombillas de colores y en los escaparates de las tiendas bonitos adornos navideños los decoraban.
Los niños esperaban con anhelo la llegada de Papá Noel e intentaban conciliar el sueño para despertar con la misma ilusión con que se fueron a dormir, y descubrir los regalos que les había dejado bajo el árbol. Pero, en el otro lado del mundo, muchos niños se despertaron muy tristes porque una ola muy grande que vino del mar les dejó sin su casa, sin comida, sin ropa y sin los pocos juguetes que tenían para jugar y compartir entre ellos. Así que, cuando la pequeña Ariadna, el día después de Navidad vio aquella ola tan grande por televisión y vio a tantos niños que no tenían nada, le dijo a su mamá.

–Mamá, Papá Noel me ha traído muchos juguetes y yo quiero compartirlos con estos niños que estoy viendo por la tele.
-Cariño, sé que te gustaría enviarles estos juguetes, pero lo primero que necesitan es comida, ropa, y que sus papas puedan construir de nuevo una casa. Lo que más necesitan es dinero para que sus papás puedan empezar de nuevo, o personas que puedan apadrinarlos -le dijo su mamá.
- Mamá, ¿y nosotros podríamos apadrinar algún niño?-preguntó Ariadna.
- Cielo, ójala pudiéramos, pero hay muchos gastos y no sé si el dinero nos llegaría.
Después de esta charla, pasaron los días y no se volvió hablar de ello. Pero, la noche antes de la llegada de los Reyes Magos, su mama vio la carta que Ariadna les había escrito. En ella no pedía ningún juguete sino que lo que quería era que sus papás apadrinaran a una niña que lo necesitara.
Así pues, cuando despertó se encontró una carta que decía que, como había sido tan buena, los Reyes Magos le dejaban unos juguetes y le decían que pronto recibiría en su buzón las fotografías de sus dos hermanitas, que vivían en Indonesia, llamadas Renya y Febriana y que sus papás habían apadrinado.
Durante algunos días Ariadna miraba impaciente el buzón para ver si llegaban las fotografías de sus hermanas y ese día llegó. Desde entonces, ella dice que tiene dos hermanitas que viven lejos pero que fueron su mejor regalo de Reyes.

Patricia Ramos

El duende que salvó la Navidad

Había una vez un pequeño pueblecito en el que vivía un niño llamado Alex. Todas las mañanas, su mamá le despertaba para ir al colegio pero él era muy perezoso y nunca se levantaba a la primera. Siempre le costaba mucho levantarse y decía que no quería ir a la escuela, que no le gustaba y que no le serviría para nada. Entonces una mañana, su mamá, harta de vivir siempre la misma historia, le dijo que le iba a contar un cuento. Alex, extrañado de que no le regañaran, abrió los ojos y se quedó boquiabierto. “Un cuento. En vez de regañarme porque no me levanto me va a contar un cuento. ¡Genial!”, pensó.
Entonces su mamá se sentó en la cama y comenzó a contarle el cuento de “Alejandro, el duende que salvó la Navidad”, un cuento que cambiaría de una vez por todas, su manera de despertarse.
Había una vez un duendecillo al que no le gustaba madrugar. Todas las mañanas, su mamá le regañaba porque llegaba tarde al colegio. Creía que la escuela no le serviría para nada, pero estaba totalmente equivocado. Todos los días aprendía algo nuevo, pero él no se daba cuenta. Poco a poco iba adquiriendo conocimientos sin ni siquiera estudiar.
Al cabo de unos años de sólo ir al colegio y sin estudiar nada, ya conocía el abecedario, sumar, restar, dividir y multiplicar, los continentes y los mares, y otras muchas cosas que ni él sabía que conocía y que había aprendido sólo con ir a clase y atender un poco. Un día, la profesora les dijo que le iba a poner un examen sorpresa. Alejandro se sorprendió muchísimo. Él no había estudiado nunca, seguro que no aprobaría ese examen, y con mucha desesperación, comenzó a llorar.
La profesora le preguntó porqué lloraba, y él le contestó que nunca había estudiado, y que seguro que suspendería ese examen. Ella le dijo que no llorase, que el examen era muy fácil y que si había ido todos los días a clase, y había prestado un poco de atención, seguro que aprobaría ese examen. Cuál fue su sorpresa cuando comenzó a leer el examen y se sabía todas las respuestas a las preguntas. No tenía ninguna duda. Era genial. Cuando terminó el examen, se lo entregó corriendo a la profesora con una gran sonrisa. Ella lo corrigió en unos minutos y, levantando la cabeza con una gran sonrisa, se lo devolvió a Alejandro dándole la enhorabuena. Alejandro cogió el examen, gritó y se fue corriendo a casa para enseñar a su mamá lo que había hecho. Su mamá se alegró mucho cuando se lo enseñó y los dos lo pusieron con un imán en la nevera para que, cada vez que desayunase, fuese al colegio recordando ese examen, y fuese más contento a estudiar.
Un día, recibió una carta de su primo Evaristo. Evaristo era un duende de los que trabajan para Papá Noel. Estaba muy preocupado porque la mayoría de los duendes que trabajaban para Papá Noel, envolviendo los regalos, habían caído enfermos, quedaban muy pocos meses para Navidad y no les daría tiempo a terminar el trabajo, y seguramente habría niños que no tendrían su regalo esa noche y dejaría de creer en la magia de la Navidad y en Papá Noel, y eso seria horrible.
Alejandro no sabía cómo ayudarle. De repente pensó: “si no estudias y con solo asistir a clase aprendes un montón de cosas, si estudiase un poco….. Podría fabricar una máquina para envolver regalos, y así ayudar a mi primo Evaristo y a Papá Noel a que la magia de la Navidad siga adelante”.
A la mañana siguiente, la mamá de Alejandro fue a despertarle como todos los días y, cuál fue su sorpresa: ¡Alejandro no estaba en la cama! Bajó rápidamente para ver si estaba desayunando, y tampoco estaba allí. Preocupada, cogió su coche y se fue a buscarlo. Primero lo buscó por el barrio, y ninguna señal, después se recorrió toda la ciudad, y no se le veía por ninguna parte. Como último recurso le quedaba el colegio pero, ¿iba a estar Alejandro en el colegio? No podía ser.
Las puertas del colegio estaban cerradas. De repente, el conserje del colegio se acercó a la mamá de Alejandro.
–Si estás buscando a Alejandro, te tengo que decir que lleva dos horas en la biblioteca. No me lo podía creer pero así es.- le dijo el portero.
- ¿En la biblioteca? Debe estar enfermo.
La mamá de Alejandro pasó al colegio camino de la Biblioteca, abrió la puerta y allí estaba Alejandro, con una inmensa torre de libros y sin parar de tomar anotaciones.
- Pero, cariño, ¿qué haces aquí?, Preguntó la mamá de Alejandro.
- Mamá, el primo Evaristo me ha escrito y me ha dicho que tenían un problema con los regalos de Papá Noel, y necesito fabricar una máquina que les ayude a envolver los regalos, porque todos los duendecillos están enfermos, y si no lo hacen, la noche de Navidad habrá niños que se queden sin regalo. Sé que lo puedo hacer. Nos veremos en casa.
Y allí se quedó Alejandro sin parar de estudiar para poder ayudar a su primo. A la mañana siguiente, su mamá fue a despertarle. “Seguramente ya se habrá cansado de estudiar”, pensó su madre. Pero Alejandro ya se había levantado otra vez, y así fue mañana tras mañana durante un mes.
Pasado ese tiempo, Alejandro habló con su madre y le dijo que tenía que irse al Polo Norte. Tenía la solución al problema de Papá Noel, y tenía que fabricar esa máquina, para que todo estuviese a punto para Navidad.
Cuando Alejandro llegó al Polo Norte, se encontró a Papa Noel llorando y abrazado a su Primo Evaristo.
- Oh primo, esto es un desastre- dijo Evaristo- no llegaremos a tiempo para Navidad.
- No te preocupes primo. He conseguido hacer una máquina para envolver los regalos que trabajara día y noche, y todo estará a punto para esa noche, y ningún niño se quedará sin juguete.
Papa Noel abrió los ojos y, con una sonrisa, avisó a los pocos duendecillos que quedaban sanos y, junto a Evaristo y a Alejandro, comenzaron a fabricar la máquina de envolver regalos.
Al cabo de unos días, la máquina ya estaba preparada para comenzar a trabajar.
- Hay que probarla ya – propuso Evaristo.
- Adelante –dijo Papá Noel.
Evaristo puso el primer regalo encima de la cinta transportadora, y Alejandro fue el encargado de bajar la palanca de arranque. Todos dijeron la cuenta atrás “5, 4, 3, 2, 1 Adelante”. De repente, la máquina comenzó a vibrar, una mano-pinza cogió el regalo y lo introdujo dentro de la máquina, donde se escuchaban muchos ruidos, y en unos segundos, el regalo salió perfectamente envuelto, con un gran lazo y una tarjeta en la que estaba escrito el nombre y dirección de un niño. Todos gritaron y saltaron, incluido Papá Noel. Los duendecillos se encargaban de separar los regalos por países y ciudades, y la máquina envolvía regalos día y noche, sin descansar.
Cuando llegó la noche de Navidad, Papá Noel tenía todos los regalos envueltos y preparados para entregar a cada niño. Fue en el instante que vio su árbol lleno de regalos cuando se dio cuenta de la importancia que tenía estudiar un poco, y vio todo lo que había hecho sólo por haber dedicados unos días a estudiar. Fin.
Alex observaba a su madre sin pestañear.
- ¿Ya se ha terminado?- preguntó con pena Alex a su mama. Ella asintió con la cabeza.
-Pues entonces, date prisa, que tengo que ir al cole a estudiar y voy a llegar tarde.
La mamá de Alex sonrió mientras terminó de vestirle. Le llevó al colegio y ese fue el ultimo día que Alex llegaría tarde al colegio. A partir de entonces, Alex se despertaría sólo e iría al colegio con la esperanza y la ilusión de parecerse en el futuro al duende Alejandro.

Gema Puertas

Querido Reyes Magos

Apenas su padre se había sentado al llegar a casa, dispuesto a escucharle como todos los días lo que su hija le contaba de sus actividades en el colegio, cuando ésta, en voz algo baja, como con miedo, le dijo:
- ¿Papá? Oye, quiero... que me digas la verdad
- Claro, hija. Siempre te la digo -respondió el padre un poco sorprendido
- Es que... -titubeó Blanca - Papá, ¿existen los Reyes Magos?
El padre de Blanca se quedó mudo, miró a su mujer, intentando descubrir el origen de aquella pregunta, pero sólo pudo ver un rostro tan sorprendido como el suyo que le miraba igualmente.
- Las niñas dicen que son los padres. ¿Es verdad?
La nueva pregunta de Blanca le obligó a volver la mirada hacia la niña y, tragando saliva, le dijo:
- ¿Y tú qué crees, hija?
- Yo no se, papá: que sí y que no. Por un lado me parece que sí que existen, porque tú no me engañas; pero, como las niñas dicen eso.
- Mira, hija, efectivamente son los padres los que ponen los regalos pero...
- ¿Entonces es verdad? -cortó la niña con los ojos humedecidos- ¡Me habéis engañado!
- No, mira, nunca te hemos engañado porque los Reyes Magos sí que existen -respondió el padre cogiendo con sus dos manos la cara de Blanca .
- Entonces no lo entiendo, papá.
- Siéntate, Blanquita, y escucha esta historia que te voy a contar porque ya ha llegado la hora de que puedas comprenderla -dijo el padre, mientras señalaba con la mano el asiento a su lado.
Blanca se sentó entre sus padres, ansiosa de escuchar cualquier cosa que le sacase de su duda, y su padre se dispuso a narrar lo que para él debió de ser la verdadera historia de los Reyes Magos:
- Cuando el Niño Jesús nació, tres Reyes que venían de Oriente, guiados por una gran estrella, se acercaron al Portal para adorarle. Le llevaron regalos en prueba de amor y respeto, y el Niño se puso tan contento y parecía tan feliz que el más anciano de los Reyes, Melchor, dijo:
- ¡Es maravilloso ver tan feliz a un niño! Deberíamos llevar regalos a todos los niños del mundo y ver lo felices que serían”.
- ¡Oh, sí! -exclamó Gaspar-. Es una buena idea, pero es muy difícil de hacer. No seremos capaces de poder llevar regalos a tantos millones de niños como hay en el mundo.
Baltasar, el tercero de los Reyes, que estaba escuchando a sus dos compañeros con cara de alegría, comentó:
- Es verdad que sería fantástico, pero Gaspar tiene razón y, aunque somos magos, ya somos ancianos y nos resultaría muy difícil poder recorrer el mundo entero entregando regalos a todos los niños. Pero ¡sería tan bonito!
Los tres Reyes se pusieron muy tristes al pensar que no podrían realizar su deseo. Y el Niño Jesús, que desde su pobre cunita parecía escucharles muy atento, sonrió y la voz de Dios se escuchó en el Portal:
- Sois muy buenos, queridos Reyes Magos, y os agradezco vuestros regalos. Voy a ayudaros a realizar vuestro hermoso deseo. Decidme: ¿qué necesitáis para poder llevar regalos a todos los niños?
- ¡Oh, Señor! -dijeron los tres Reyes postrándose de rodillas. Necesitaríamos millones y millones de pajes, casi uno para cada niño que pudieran llevar al mismo tiempo a cada casa nuestros regalos pero, no podemos tener tantos pajes. No existen tantos.
- No os preocupéis por eso -dijo Dios- Yo os voy a dar, no uno sino dos pajes para cada niño que hay en el mundo.
- ¡Sería fantástico! Pero, ¿cómo es posible? -dijeron a la vez los tres Reyes Magos con cara de sorpresa y admiración.
- Decidme, ¿no es verdad que los pajes que os gustaría tener deben querer mucho a los niños? -preguntó Dios.
- Sí, claro, eso es fundamental - asistieron los tres Reyes.
- Y, ¿verdad que esos pajes deberían conocer muy bien los deseos de los niños?
- Sí, sí. Eso es lo que exigiríamos a un paje -respondieron cada vez más entusiasmados los tres.
- Pues decidme, queridos Reyes: ¿hay alguien que quiera más a los niños y los conozca mejor que sus propios padres?
Los tres Reyes se miraron asintiendo y empezando a comprender lo que Dios estaba planeando, cuando la voz de nuevo se volvió a oír:
- Puesto que así lo habéis querido y para que en nombre de los Tres Reyes Magos de Oriente todos los niños del mundo reciban algunos regalos, YO, ordeno que en Navidad, conmemorando estos momentos, todos los padres se conviertan en vuestros pajes, y que en vuestro nombre, y de vuestra parte regalen a sus hijos los regalos que deseen. También ordeno que, mientras los niños sean pequeños, la entrega de regalos se haga como si la hicieran los propios Reyes Magos. Pero cuando los niños sean suficientemente mayores para entender esto, los padres les contarán esta historia y a partir de entonces, en todas las Navidades, los niños harán también regalos a sus padres en prueba de cariño. Y, alrededor del Belén, recordarán que gracias a los Tres Reyes Magos todos son más felices. Cuando el padre de Blanca hubo terminado de contar esta historia, la niña se levantó y dando un beso a sus padres dijo:
- Ahora sí que lo entiendo todo papá.. Y estoy muy contenta de saber que me queréis y que no me habéis engañado.
Y, corriendo, se dirigió a su cuarto, regresando con su hucha en la mano mientras decía: - No sé si tendré bastante para compraros algún regalo, pero para el año que viene ya guardaré más dinero. Y todos se abrazaron mientras, a buen seguro, desde el Cielo, tres Reyes Magos contemplaban la escena tremendamente satisfechos.

Patricia Doménech

El primer regalo de Navidad

Sara es una niña de 5 años alegre y risueña, le encanta jugar y preparar fiestas. Tiene muchos amigos en el cole, y siempre ayuda a sus compañeros a preparar su fiesta de cumpleaños. Ahora está de vacaciones porque es Navidad. Como no ve a sus amigos está algo aburrida y no sabe a qué jugar.
Esta Navidad va a ser especial porque es la primera Navidad en la que son uno más en la familia. La mamá de Sara había tenido un bebé seis meses antes, un niño precioso al que han llamado Juan. Juan es muy pequeñito y necesita continuamente la atención de mamá: Juan llora porque tiene hambre y mamá le da de comer, llora porque tiene frío y mamá le abriga, llora porque tiene pis o caca en el pañal y mamá se lo cambia, llora porque le duele algo y mamá le consuela con abrazos y mimos. Mamá pasa largos ratos con Juan y Sara mira cómo su mamá apenas le dedica tiempo a ella. Además la abuela está todo el tiempo cantando cancioncillas al bebe, meciendo su cuna, poniendo caras raras para que se ría… “¡Ufff...! ¡Vaya aburrimiento! Si parece que estoy sola en casa, nadie me presta atención”, pensaba Sara una y otra vez.
Al llegar la tarde papá vuelve del trabajo, Sara corre a saludarlo. Papá le da un beso y un fuerte abrazo a Sara y le pregunta
- ¿Qué tal se ha portado Juan hoy?
-¡Ufff...! ¡Otra vez Juan! ¡Es que todo el mundo piensa en él!
Esta noche es Noche Buena, y Sara está arreglando el árbol para que Papá Noel le traiga muchos regalos. Después de cenar y despedirse de Papá, Mamá y la Abuela, Sara se va a dormir.
A la mañana siguiente bajo el árbol hay 4 regalos. Sara corre ilusionada a abrirlos. Abre el primer regalo.
- Pero, ¿esto qué es?
- ¡Un sonajero! Es para Juan -dice Mamá.
Sara abre el segundo regalo: ¡un osito de peluche! ¡Qué bonito!
- Es para Juan. -dice la abuela.
- ¡Vaya otro regalo para Juan! Se queja Sara enfadada.
Sara abre el tercer regalo. ¡Una marioneta!
- ¡Sí! -dice papá- Esta es para ti. Con ella podrás contarle cuentos a Juan.
Sara se estaba enfadando mucho. ¿Por qué todo el mundo se acuerda de Juan? Aún quedaba un regalo por abrir, Sara lo cogió con las dos manos y lo miró, no sabía si abrirlo o dejárselo directamente a Juan...
- Mamá, ¿de quién es este regalo? -dijo Sara antes de abrirlo.
- Es para ti, hija. ¡Ábrelo!
- Pero, ¿para mí sola o es también para Juan?
- ¡¡Este regalo es solo para ti!!
Sara se puso muy contenta, ¡por fin un regalo solo para ella! Lo abrió muy rápido. Era un libro muy gordo. Sara se quedó parada, no entendía porqué le habían regalado un libro tan gordo si apenas sabía leer.
- Mamá, ¿por qué me ha dejado Papá Noel un libro tan gordo?
- Ven, cariño, vamos a verlo juntas.
Sara se sentó con su mamá en el sillón y pusieron el libro sobre sus rodillas. Abrieron la primera página. Había unas letras que Sara no entendía.
- ¿Mamá, que pone aquí?
- Para mi mayor tesoro, la ilusión de mi vida, para que recuerde siempre los días más felices que jamás he tenido.
Sara quedó con la boca abierta. ¡Qué bonito! Pasaron la siguiente hoja; había fotos de mamá y papá.
- ¡Ven rápido papá! ¡Tienes que ver estas fotos! ¡Mamá tiene la tripa muy grande!
Papá se sentó con ellas y pasaron las páginas; fueron viendo fotos de un bebé precioso, comiendo, durmiendo, jugando, riendo, en el baño, con la abuela, con mamá, con papá.
- Pero este bebé... ¡¡No es Juan...!! –dijo Sara.
- No, Sara. –dijo mamá. - Este bebe eres tú.
- ¡Yo, pero si soy muy pequeña!
- Sí, - dijo Papá- igual que Juan, tú también has sido un bebé precioso, llorabas a gritos cuando tenías hambre, tan alto que venía la vecina por si te pasaba algo. Te gustaba mucho bañarte, patalear en la bañera y sacar toda el agua fuera.
- Y tu canción preferida era la nana que ahora le canto a Juan -dijo la abuela.
Entonces, los ojos de Sara se llenaron de lágrimas.
- Mamá, ¿de verdad que soy tu mayor tesoro?
Claro que sí, hija, eres lo mejor que me ha pasado
- ¿Y Juan? –preguntó Sara.
- ¡Juan es tu hermano! Es un regalo de Dios.
Sara fue corriendo al nacimiento y lo miro muy despacio.
- Mamá, Jesús también es un bebé.
- Sí. -dijo mamá- Jesús fue el primer regalo de Navidad.
- ¡Entonces Juan, es mi regalo de Navidad!
- Sí -dijo mamá-, con él podrás jugar siempre, preparar fiestas, leer cuentos y compartir todos los juguetes.
- ¡Sí! -dijo Sara muy contenta-, lo primero que voy a hacer es preparar un libro como este para Juan, así él tendrá su propio libro y sabéis ¿qué es lo mejor? ¡Que yo también voy a salir en él!
Desde aquel momento Sara jamás volvió a estar triste y siempre que organizaba algún juego o fiesta, con el primero con el que contaba era con su hermano Juan, el mejor regalo de la Navidad.

Eva López León