La relación con los hijos en una familia monoparental

Cómo mejorar la convivencia

La mayoría de los hijos de parejas separadas conviven con su madre. Una situación donde el amor no siempre basta para mantener una buena relación. Sin embargo, poner límites y mantener una buena comunicación ayuda a convivir en armonía a madre e hijo.

Familia monoparental

Una tarea nada fácil

Educar a un niño en soledad no es imposible, pero tampoco tarea fácil. Hay algunas señales preocupantes de que la convivencia cojea entre una madre sola y su hijo: cuando ésta transmite culpabilidad por la situación o la vive como una carga, cuando hay cambios significativos en el estado de ánimo del niño, problemas escolares, de sueño o de alimentación; y cuando la manera principal de comunicarse es negativa.

Ante la separación de los padres, el mayor temor de éstos es cómo afectará a sus hijos. La estructura familiar que conoce el niño desde su nacimiento se va al traste, y esto genera distintas reacciones. Según la mediadora familiar Jocelyne Dahan, autora del libro Un solo padre en casa (editado por De Vecchi), la separación es para el pequeño un tema doloroso, ya que se sentirá vulnerable y temeroso de los cambios. Los padres pueden tener dificultad para poner obligaciones y límites con ese niño que “ya bastante ha sufrido”, pero corren el riesgo de transformarle en un pequeño dictador al que nada se le niega. Lo mejor es tratar de superar la culpabilidad, porque la ausencia de límites genera angustia y agresividad en los pequeños. “Se debe intentar normalizar la situación, volver a lo de antes en cuanto a normas, hábitos, responsabilidades dentro de casa… para que no pueda manipular la situación con su conducta”, recomienda la experta.

La 'pareja' de mamá

Los niños entre 6 y 10 años ya tienen unos gustos y personalidad definidos, con lo que en cierto modo se convierten en un compañero del padre solo. Así, las madres deben tener cuidado de no fomentar su complejo de Edipo y de permitirle ser un niño con una vida acorde a su edad. Los pequeños que se convierten en 'pareja' de su madre pueden aislarse en el colegio, desmarcándose de las actividades de los otros niños, los que deberían ser sus iguales. Además, si el niño capta la tristeza o la fragilidad de su madre, puede que cargue con una responsabilidad que no le corresponde: hacerla feliz a costa de sus propios deseos. Pero esto no sólo crea una gran frustración en él, que se ve obligado a adoptar el papel de padre y simular que no ha pasado nada, sino que infantiliza a la madre e impide la separación natural entre ambos.

Para evitar esta situación, es conveniente ayudar al niño a aceptar y expresar sus emociones, recordando que es un niño. No se debe catalogar esta conducta de "aquí no ha pasado nada" como un signo de madurez o de que el pequeño se lo ha tomado bien, sino como una señal de sufrimiento en soledad.

Cuando llega a la adolescencia, por el contrario, es muy habitual que surjan las tensiones entre madre e hijo. Según Jocelyn Danan, existen chicos que detestan a su madre o que se sienten incapaces de rebelarse contra ella porque siempre les recuerda que hizo un gran sacrificio para sacarles adelante. En ambos casos, el comportamiento será extremo: jóvenes retraídos, poco sociales, depresivos… o bien rebeldes y provocadores en exceso. La necesidad de separarse de la madre se agudiza porque la ven como una presencia agobiante, que además está sola. Es muy común en esta etapa que manifiestan el deseo de vivir con su padre. Esto puede ser una opción muy saludable siempre que todos estén de acuerdo y no se haya idealizado al padre otorgándole todas las virtudes que se le niegan a la madre. La actitud más positiva para el bienestar del niño se basa en decirle que su padre ausente le quiere mucho, y transmitírselo: no discutir delante de él, demostrarle que puede contar con los dos en todo momento.

A los chicos, vivir con su padre les permite interiorizar la figura paterna, poner distancia de la madre, ser ellos mismos. Pero la madre también puede beneficiarse al encontrar de nuevo tiempo y espacio para ella. Y es que uno de los riesgos de educar en solitario es olvidarse de una misma y sobrecargarse de tareas y responsabilidades.

Un testimonio

Delia Cortina, de 36 años, nos cuenta su experiencia con la educación en solitario de su hijo Max, de 7 años.

"Aunque en principio no estoy educando a mi hijo sola, en la práctica es así, ya que mi ex marido vive en el extranjero. Si no eliges esta situación, como fue mi caso, tienes que intentar convertir la falta de un padre en algo que no suponga ningún drama para el niño, e intentar hacerle ver que los dos padres le quieren por encima de todas las cosas y él es la persona más importante en sus vidas, aunque esto suceda por separado...

Digamos que es una gran responsabilidad, pero en la rutina diaria lo de educar en soledad puede ser algo muy fácil y práctico. Hay algunos inconvenientes, pero creo que la clave está en darles la vuelta y verlos de forma positiva. Las decisiones recaen en ti: el colegio, qué deportes practica, si le apuntas a música o no. Esas decisiones son fáciles, en realidad. El problema surge cuando te planteas si estas transmitiendo correctamente los principios y valores éticos que quieres inculcar a tu hijo.

Yo creo que, ante todo, tienes que tener las bases muy claras, que el niño perciba la confianza en ti misma, la seguridad en lo que haces y cómo se lo enseñas, dudar lo mínimo ante él y tener el “ideario” de educación muy claro. Que no le transmitas tu tristeza o que no note que a ti te falta algo, que pueda pensar que no sólo él echa de menos a papá sino que su mami también nota su falta. Yo creo que mientras sean pequeños debemos trasmitirles mucha confianza y mucha seguridad. Así el niño nunca verá la falta de uno de los dos como una carencia. No es fácil, lo sé, pero ¡tenemos que intentarlo!"

Paloma Corredor