Cómo ayudar al niño a superar el divorcio

Está en vuestras manos

¿Con quién viviré ahora? ¿Si papá ya no quiere a mamá, me dejará de querer a mí también? ¿Qué tengo que hacer yo para que ellos vuelvan a estar juntos? Las dudas se agolpan en su cabeza. Y es que el niño se asoma al divorcio de sus padres como a un precipicio.

Corazón roto

Cómo decírselo

De vosotros depende que los cimientos sobre los que se asienta su seguridad y estabilidad afectiva no se derrumben, y pueda aceptar la situación sin traumas, como un nuevo modo de convivencia familiar.

Lo ideal es que informéis al niño de forma conjunta y de una manera sencilla que papá y mamá han decidido dejar de convivir, que eso va a suponer unos cambios organizativos pero que, en ningún caso, va a alterar la relación que tenéis con él. Y, por supuesto, deberéis dejar a un lado los dramatismos. En cuanto al momento, unos 10 días antes de hacerse efectiva la separación parece una fecha razonable. Le dará tiempo a asimilarlo sin provocar en él la falsa idea de que finalmente la ruptura no se va a producir. Y a medida que se vaya haciendo a la idea, le surgirán muchas dudas –con quién viviré, cuándo veré a papá, qué va a pasar con mis amigos, a qué cole voy a ir ahora…–, que deberéis contestar con la máxima naturalidad.

Pero compartir con tu hijo la decisión de vuestra separación, no significa explicarle hasta el último detalle. Hay aspectos del proceso que no debería conocer, ya que no está preparado para comprenderlos. Así se deben evitar comentarios que conviertan a uno en víctima y al otro en culpable de la situación; sentimientos de dramatismo que den lugar a que el hijo adopte posiciones de protección con uno de los progenitores; confidencias de la pareja que dañen la imagen del otro progenitor; reproches sobre la familia del cónyuge; origen de los problemas económicos; trastornos sexuales de la pareja e insinuaciones malintencionadas cuando la ruptura se produce por una tercera persona, etc.

¿Aceptará el divorcio?

Si los padres logran transmitir y vivir la decisión con tranquilidad, la capacidad de aceptación de los hijos es sorprendente. Muchas veces, en un intervalo de unos quince días o un mes, los niños se han adaptado a la nueva situación. Incluso, hay ocasiones en las que los propios niños agradecen que la separación se haya terminado produciendo. Aseguran que ‘ahora papá y mamá ya no discuten’ y eso les alivia. Sin embargo, y aunque el divorcio se produzca en las mejores condiciones, es normal que sobre todo durante el primer año surjan ciertas reacciones emocionales. Las más comunes son:

  • Tristeza. Con la separación, el niño se da cuenta de que su familia ha cambiado y que nunca volverá a ser la de antes. Y es la falta de uno de los progenitores en la vida cotidiana, la que genera ese sentimiento de tristeza en el niño. Si, además, el pequeño pierde el contacto con sus amigos, su colegio… o sus primos y abuelos, la reacción será más profunda. Dependiendo de la edad, se manifestará de muchas maneras: permanecerá más callado, lloroso, abstraído, agresivo, oposicionista, con dificultad para divertirse… En este sentido, es importante dejar que el niño saque sus emociones y nunca decirle frases como “no quiero verte triste”, “yo tengo más motivos y no estoy así”…
  • Miedo. Puede aparecer temor a ser abandonado por el padre con el que vive, a que el padre que no tiene la custodia deje de quererle… Y esa angustia se expresa a través del llanto, del aumento de las conductas de apego… Los padres han de convencerle de que ni le van a abandonar ni su relación se va a romper.
  • Enfado. La separación es una realidad ante la que el niño no puede hacer nada, lo que puede generarle emociones negativas. El niño manifestará su enfado con actitudes de desobediencia hacia padres y profesores, peleas con otros niños o incluso, depresión. Ayudarle a expresar de forma positiva su enfado, le servirá como terapia. 
  • Culpa. Surge porque los niños piensan que son el centro del universo y, por tanto, se creen causa o fin de todo lo que ocurre a su alrededor. Así, sienten que si se hubieran portado mejor, si hubiera sacado mejores notas… sus padres seguirían juntos. Dejarle claro que él no tiene nada que ver con la separación y que tampoco dependerá de él que vuelvan a compartir la vida, es esencial para alejar este sentimiento de culpabilidad.
  • Soledad. Por un lado, el niño ha dejado de convivir con uno de los progenitores, y por otro, el padre que ostenta la custodia tiene, inevitablemente menos tiempo para dedicarle. En ocasiones, ha de incorporarse al mundo laboral para solventar problemas económicos derivados de la nueva situación, asumir todas las tareas del hogar que antes compartía con la pareja… Y por todo ello, el niño estará más tiempo solo. Con una buena planificación del régimen de visitas del padre no custodio, este sentimiento se mitigará.
  • Regresión. El niño vuelve a manifestar conductas que ya había superado –hacerse pis, chuparse el dedo, hablar de manera infantil…– como un intento de volver al pasado donde no existían esos conflictos familiares. La solución no pasa por regañarle o castigarle, sino por darle mucho cariño y apoyo.
  • Problemas escolares. Es habitual que los niveles de concentración y de atención en clase bajen, y eso repercuta en su rendimiento académico. Informar al profesor de la separación, apoyarle en las tareas en casa y hacer un seguimiento más cercano es fundamental para que el niño recupere el ritmo.
  • Trastornos del sueño. Pesadillas, insomnio, miedo a dormir solo… suelen aparecer con frecuencia. La misión de los padres es tranquilizar al pequeño, pero sin variar los rituales asociados al sueño, ni permitirle acostarse en la cama del progenitor.
  • Alteraciones en la alimentación. Tanto la inapetencia como las ganas de comer de manera copiosa son reacciones típicas, a las que se les unen otras como la negativa a comer sin ayuda o los caprichos con ciertos alimentos. 
  • Fantasía de reconciliación de los padres. Es la esperanza de muchos niños, y para intentar conseguirlo, recurren a todo tipo de estratagemas; incluso, pueden llegar a crear enfrentamientos entre sus padres, porque piensan que aunque sea para discutir, estarán juntos. También es frecuente que malinterpreten el buen entendimiento entre los progenitores como un signo de que van a volver. Evitar los mensajes contradictorios y las ambivalencias, y explicarle desde el primer momento que la separación es algo definitivo, servirá para que el niño no se cree falsas ilusiones.

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Si la separación se ha producido por una tercera persona o poco después de divorciarte conoces a una nueva pareja, dale un respiro. El niño está en pleno periodo de adaptación y ya tiene bastante “trabajo” emocional con el hecho de asumir vuestra separación. Por otra parte, con la aparición de la novia de papá o mamá, tu hijo renuncia definitivamente a la fantasía de vuestra reconciliación; frustración a la que hay que sumar otros sentimientos como sentir miedo a ser desplazado por la nueva pareja, o experimentar la presión de tener que “querer” a esa otra persona.

Pero tampoco se trata de esconder a tu nueva pareja o de sentirte culpable por haber rehecho tu vida sentimental. Establecer una relación de pareja es algo que solo compete al adulto, y por tanto, no has de pedir permiso a tu hijo ni esperar su aprobación. Tu actitud debe ser firme, sin permitir chantajes emocionales; pero, por otra parte, tendrás que apoyarle y darle seguridad, explicándole que tu cariño hacia él no se verá disminuido y que el hecho de que él acepte a tu nueva pareja no significa que con ello esté traicionando a su madre o a su padre.

Ojo con la alienación parental

La alienación parental es la situación asociada al divorcio más peligrosa para el niño. Y evitarla está en vuestra mano. Durante la separación, se generan muchos sentimientos de rabia y agresividad hacia la pareja, y esa rabia se transforma en necesidad de hacer daño al otro. El problema surge cuando ese daño se hace utilizando a los hijos. Así, uno de los progenitores comienza una campaña de descrédito contra el otro, realizando continuos comentarios denigrantes y negativos sobre este, y lo que es peor, interfiriendo en los contactos con el niño –no le hace llegar sus regalos, le oculta las llamadas telefónicas, desautoriza sus decisiones…–. De tal manera, que se va educando al hijo en el odio hacia el otro progenitor, dando lugar a lo que se conoce como síndrome de alienación parental. El resultado final de este trastorno es que el hijo termina por sentirse incómodo cuando tiene que acudir a casa del padre rechazado, pone excusas para no ir y la comunicación disminuye. Además, una vez “contaminado”, el niño comienza a injuriar y rechazar al padre. Y el progenitor que ha provocado la situación, asegura que es el pequeño el que piensa y siente así, y que él no puede hacer nada para favorecer el acercamiento. El rechazo definitivo hacia el progenitor y, por extensión, al resto de su familia es el siguiente e inevitable paso.
Por tanto, si alguna vez has sentido la tentación de entrar en este peligroso juego, piensa que, en efecto, vas a conseguir hacer daño a tu expareja, porque es la que está viviendo el rechazo, pero al fin y al cabo, es una persona adulta con capacidad para separarse emocionalmente de la situación. Sin embargo, el niño es mucho más vulnerable y carece de esas estrategias psicológicas, con lo que será el gran perjudicado.

Asesoramiento: Carmen Godoy, doctora en Psicología, especialista en Psicología Jurídica y Psicología Clínica, y coautora de El niño ante el divorcio.