¿Qué es el Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH)?

Diagnóstico y tratamiento en casa

“Mi hijo no para quieto, no presta atención en clase y ¡cuándo se altera...! ¿Es sólo un niño travieso o tiene algo más?” Son muchos los padres que se hacen esta pregunta. Oyen hablar del Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) y están convencidos de que su hijo o “lo padece, sin duda alguna” o “por supuesto, no tiene ninguna enfermedad rara de esas”. Aquí te damos algunas pistas para ayudarte a reconocerlo.

Niña hiperactiva

Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), ¿una nueva patología?

El Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) no es una enfermedad nueva. Fue descrita por primera vez en 1902 por el pediatra George Still, que definió los rasgos de 43 pequeños pacientes como agresivos, emocionales, desafiantes y con problemas para mantener la atención. Por supuesto, no lo llamó TDAH y, antes de llegar a la denominación actual, los diferentes investigadores le dieron varios nombres: disfunción cerebral leve, síndrome del niño hipercinético, hiperactividad...

Son distintos calificativos para un mismo trastorno, que se define como una alteración neurobiológica con base genética, que es crónico y aparece en la infancia –antes de los siete años–, que afecta más a varones que a niñas –en una proporción de cuatro a una– y que se caracteriza por la presencia de tres tipos de síntomas: el déficit de atención, la conducta hiperactiva y la impulsividad.

Estos síntomas dan lugar a los tres subtipos de TDAH: el que se caracteriza por el predominio del déficit de atención –el niño tiene dificultad para terminar sus tareas y establecer un orden, olvida su material de clase y no presta atención cuando se le habla–; el subtipo con predominio de hiperactividad e impulsividad –no piensa antes de actuar, se precipita al hablar, no puede estar quieto y tiene dificultad para controlar sus emociones– y el combinado, generalmente de peor pronóstico, donde predominan ambos tipos de síntomas.

En cuanto a la etiología del trastorno, la mayoría de los especialistas considera que es desconocida, aunque está claro que hay una base genética –una mutación en los genes transportadores de la dopamina–; de hecho, se estima que entre el 60 y 70 por ciento de estos niños tiene algún antecedente familiar en primer o segundo grado de TDAH. Además de esta causa, hay otros factores ambientales, que pueden ser perinatales –exposición a tóxicos en el embarazo, complicaciones en el alumbramiento que pueden provocar lesiones cerebrales en los bebés–, o de tipo sociofamiliar, que influyen en la evolución y en el pronóstico de este trastorno.

 

 

Déficit de atención e hiperactividad

Fragmento del DVD "Défiicit de atención. Hiperactividad" de la colección "Bienvenido a la vida", del Dr. Fernando Mulas.

 

 

El largo camino al diagnóstico

Sí hay un factor que determina la evolución positiva de un niño con Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad es el diagnóstico precoz: cuanto más temprana sea la edad de detección, mejor será su tratamiento y pronóstico. Pero, hoy por hoy, esto no es nada fácil. Los síntomas de esta enfermedad son tan diversos y varían tanto de un niño a otro, que las familias pueden tardar hasta dos años en conseguir que el especialista les confirme que su hijo tiene TDAH.

El resultado es un diagnóstico tardío –como media, se realiza a los 10 u 11 años, en los varones, y en la adolescencia, en las niñas –, cuando la edad idónea está en torno a los 6 años; antes tampoco es recomendable, puesto que el TDHA puede confundirse con retraso madurativo u otro problema con similar sintomatología.

Lo que está claro es que, para confirmar el diagnóstico, es necesario que el niño, antes de los 7 años de edad, haya manifestado, al menos, 6 de los siguientes síntomas de falta de atención y/o 6 síntomas de hiperactividad e impulsividad durante, al menos, 6 meses:

Síntomas de falta de atención:

  • No presta atención suficiente a los detalles o incurre en errores por descuido en los deberes escolares u otras actividades.
  • Tiene dificultades para mantener la atención en tareas escolares o en actividades lúdicas.
  • Parece no escuchar cuando se le habla directamente.
  • No sigue instrucciones y no finaliza tareas escolares, encargos u obligaciones.
  • Tiene dificultades para organizar tareas y actividades.
  • A menudo evita, le disgusta o es renuente a dedicarse a tareas que requieren un esfuerzo mental sostenido.
  • Extravía objetos necesarios para tareas o actividades (juguetes, ejercicios escolares, lápices, libros o herramientas).
  • Se distrae fácilmente por estímulos irrelevantes.
  • Es descuidado en las actividades diarias.

Síntomas de hiperactividad o impulsividad:

  • Suele mover las manos o los pies o retorcerse cuando está sentado.
  • Abandona su asiento en la clase o en otras situaciones en que se espera que permanezca sentado.
  • Corre o salta excesivamente en situaciones en que es inapropiado.
  • Tiene dificultades para jugar o dedicarse tranquilamente a actividades de ocio.
  • Suele actuar como si “estuviera impulsado por un motor”.
  • Habla en exceso.
  • Emite bruscamente las respuestas antes de haber sido terminadas las preguntas.
  • Tiene dificultades para esperar su turno.
  • Interrumpe o molesta a los demás.

El mejor tratamiento

Una vez conseguido el diagnóstico, las familias comienzan otro largo peregrinaje para lograr el mejor tratamiento para sus hijos. La terapia recomendada por los especialistas es multimodal: tratamiento farmacológico, terapia cognitiva y apoyo psicológico y conductual. Pero la tarea no es sólo de los padres. Compete a éstos, pero también a un grupo multidisciplinar, que esté integrado por un pediatra, un especialista –neurólogo o psiquiatra infantil– y un psicólogo, y apoyado por el equipo de educadores y pedagogos del centro educativo. En este sentido, la colaboración entre padres, médicos y centros educativos es esencial.

Y es que todos los especialistas coinciden en destacar que los medicamentos –en el caso de que los niños los necesiten, que no todos– son sólo uno de los pilares de la terapia. De hecho, los estudios científicos realizados hasta la fecha muestran que la mayor eficacia se consigue combinando la terapia farmacológica con la educativa. De nada sirve medicar a un niño si no se le ofrece una rehabilitación neurocognitiva y estrategias de autocontrol y modificación de la conducta.

Sin embargo, como reconocen muchos expertos, el problema del tratamiento farmacológico radica en la desconfianza de muchos padres. No podemos olvidar que estamos hablando de fármacos psicoestimulantes, muy estigmatizados en España –aunque ahora también hay disponible un nuevo medicamento de la familia de los antidepresivos–; por eso, algunos papás se resisten a iniciar la medicación. No obstante, una vez que comienzan el tratamiento, como los resultados son muy buenos, lo cumplen y se muestran muy satisfechos con él.

Junto a la medicación, estos niños necesitan tratamiento psicológico, cognitivo y conductual, para superar sus problemas de autoestima, de aprendizaje –los pequeños con TDAH pueden tener dificultades de lecto-escritura, retraso en el lenguaje o dislexia– y de comportamiento. Y todo eso exige mucho dinero, puesto que, hoy por hoy, el sistema público no ofrece estos servicios, que pueden llegar a costar a las familias hasta 10.000 euros al año.

Mucha paciencia en casa

Otra clave para que el tratamiento de este trastorno tenga éxito es el trabajo conjunto entre la familia y la escuela. Y es que de nada sirve que los padres fomenten la estima del niño y le den refuerzos positivos si todos los días es castigado en el colegio; la familia necesita la complicidad de los profesores para tratarle adecuadamente. Por supuesto, la forma de educar a estos niños varía segun la sintomatología: es más fácil con un niño que sólo tiene déficit de atención que otro con trastorno oposicionista-desafiante. Pero en cualquier caso, hay que tener mucha paciencia, sentido del humor, rebajar las expectativas paternales y ser más flexible. No hay que olvidar que estos niños son “reincidentes”; aunque no quieran hacer algo por lo que les han regañado, les cuesta mucho controlarse. Hay que darle una, dos, tres...; todas las oportunidades del mundo.

Por supuesto, también es importante ofrecer un entorno en el que se sientan amados y aceptados, sin que les recuerden constantemente sus errores, sino que les valoren sus esfuerzos y aciertos. Y hay que buscar otras estrategias de educación; no se les puede gritar en el momento en que están ofuscados, hay que esperar a que se calmen. La clave está en encontrar el equilibrio entre la disciplina y la implantación de unas normas básicas de conducta, y la compresión y el respeto por el trastorno que padecen los niños.

Asesoramiento: Elena O’Callaghan, pedagoga y presidenta de la asociación de padres TDAH Catalunya.

Gema Martín