Los trastornos psicosomáticos en niños

Dolores que arrancan de las emociones

Los trastornos psicosomáticos afectan a un alto porcentaje de niños, despistan a sus pediatras y preocupan a sus padres. Analizamos estos problemas físicos de origen psicológico y te explicamos cómo puedes ponerles remedio.

 
Trastornos psicosomáticos

Hay vómitos infantiles que no responder a trastornos digestivos, crisis asmáticas sin base alérgica o jaquecas que no se relacionan con problemas neurológicos. Son enfermedades cuyo origen está más allá de lo físico, son la expresión de que algo va mal en el estado emocional del niño.

¿Qué son los trastornos psicosomáticos?

Son aquellos que, teniendo un origen psicológico, se manifiestan con síntomas físicos como dolores de cabeza, de tripa, irritaciones cutáneas... Pueden deberse a factores de tipo ambiental, es decir, a situaciones de estrés que perturban al niño. Se estima que el 4% de las consultas de pediatría están relacionadas con este tipo de problemas y que los problemas dermatológicos, digestivos, las cefaleas y los trastornos del sueño son sus manifestaciones más frecuentes.
Los niños son una población especialmente vulnerable a los trastornos psicosomáticos porque carecen de una estrategia de abordamiento que les permita superar la situación que les inquieta. Si un adulto tiene problemas con su pareja, por poner un ejemplo, discute con ella, se sienta, dialoga, reflexiona, lo arregla, llora, grita... Por el contrario, el niño no conoce todos esos recursos, en muchos casos ni siquiera puede llevarlos a cabo, su pequeño organismo se bloquea y busca que sea su entorno alguien que le ayude a resolver la situación. Y ahí están papá y mamá, especialmente preocupados si el niño se queja de que le duele algo. Y esto no quiere decir que vuestro hijo busque llamar la atención; nada más lejos de la realidad. Lo que necesita es que le ayudéis a superar esa situación estresante y le enseñéis a abordar las situaciones vitales a las que deberá enfrentarse.

Un diagnóstico difícil

 El gran problema al que se enfrenta los pacientes de este tipo de patologías es lo difícil que resulta el diagnóstico. El primer paso que llevará a cabo el pediatra será descartar cualquier problema físico –una gastroenteritis si tiene diarrea, cefaleas si le duele la cabeza...– o si su origen es psicológico. Se valorará la duración de la molestia, si tiene una intensidad importante y si perturba la vida diaria del niño.
Una vez descartadas todas las posibles causas físicas, se abordará la posibilidad de que nos encontremos ante un trastorno psicosomático, para lo que es imprescindible la colaboración de la familia y el entorno del niño, que serán quienes comprueben si el dolor aparece siempre ante situaciones similares –cuando tiene que hacer un examen, por ejemplo–, si desaparece cuando se cambia de actividad y cómo reacciona el niño ante él.
En este sentido, es fundamental escuchar al pequeño, bajar a su altura, atender todos sus temores y dudas y plantearle preguntas adecuadas al vocabulario que sabe usar y sencillas. Si le preguntas “¿empezó a dolerte la tripa cuando te peleaste con tu amigo?” es posible que no se atreva a responder. Cuestiones del tipo ¿has estado triste últimamente?, ¿te has enfadado con alguien?, ¿te duele más en el cole?... nos llevará a la raíz del problema.

Tratamiento multidisciplinar

Al tratarse de un problema físico de origen psicológico exigirá la intervención de diversos profesionales, sobre todo el pediatra y el psicólogo. Los abordajes irán en este sentido:

  1. Medicamentos. Aunque no estén provocados por virus o bacterias, los trastornos psicosomáticos causan dolor por lo que tu pediatra podría recomendarte darle un analgésico suavecito, un hipnótico si tiene problemas para dormir o incluso un placebo, pastillas sin ningún efecto pero que despiertan en el niño la idea de que su mamá está pendiente de él y le ha dado una medicina que le curará.
  2. Herramientas lingüisticas. En ocasiones los trastornos psicosomáticos responden a la imposibilidad de los niños de expresar lo que sienten. Dale estrategias para evitarlo. Si él ve que tú hablas de tus problemas, que no temes poner nombre a lo que sientes y desarrollas bien su inteligencia emocional, le será más fácil contarte lo que le ocurre.
  3. Reducir el conflicto. En función de la causa que originó el problema, intenta que el conflicto interno del niño se aminore.
  4. Ocio en familia. Distraerse y pasar momentos agradables le hará olvidar sus preocupaciones y liberarse del estrés.
  5. Contacto con el profesor. La colaboración con el colegio es importante en casos de fobia escolar o problemas que impidan al niño un rendimiento adecuado en sus estudios.
  6. Remedios caseros. Las infusiones y tilas, la fitoterapia y hacer ejercicio son técnicas estupendas para ayudar al niño a reducir sus niveles de estrés. Que no falten en tu casa.
 

Paula Bermejo