Tuberculosis

Qué es la tuberculosis

A lo largo de su infancia tu hijo pasará por decenas de procesos víricos y bacterianos, golpes, caídas... Un sinfín de enfermedades del niño que te llevarán con relativa frecuencia a la consulta del pediatra. Te contamos qué es, qué síntomas causa y cómo tratar la tuberculosis en niños.

Tuberculosis

Qué es la tuberculosis

La tuberculosis continúa siendo una infección grave, que provoca casi dos millones de muertes anuales en todo el mundo. Algunas naciones llegaron a pensar que era una enfermedad del pasado, sin embargo la incidencia está aumentando en los países desarrollados. En los países pobres la combinación con el SIDA ha multiplicado su gravedad.

La enfermedad está producida por el Mycobacterium tuberculosis, un germen de crecimiento lento, difícil de tratar y que resiste situaciones adversas. La forma de transmisión más frecuente es la inhalación de pequeñas partículas de saliva contaminadas, eliminadas por los enfermos al toser, reír, hablar, estornudar o cantar. Estas diminutas gotitas de saliva quedan en suspensión en el aire y pueden contaminar a personas próximas, aunque no haya un contacto íntimo. El hecho de que muchos enfermos desconozcan que lo son favorece la diseminación. Menos frecuente es el contagio a partir del ganado bovino, sobre todo tras la obligatoriedad de esterilizar la leche de consumo, y más rara a partir de cerdos, perros, gatos o cabras.

Qué síntomas causa la tuberculosis

Tras su entrada en el organismo, el germen provoca una reacción inflamatoria local, poco llamativa, en la zona por donde ha penetrado, generalmente la vía respiratoria. Así se forma la lesión inicial, el tubérculo. Esta lesión va progresando lentamente, con muy pocos síntomas, invadiendo los tejidos vecinos y las cadenas de ganglios regionales. Si los gérmenes alcanzan el torrente circulatorio, la diseminación por vía sanguínea alcanza otros órganos, hígado, bazo, riñón, médula ósea.

Cuando el Mycobacterium tuberculosis invade el organismo, decimos que hay infección tuberculosa, pero en la mayor parte de las ocasiones (80% en nuestro medio), esta infección no provoca la enfermedad. El organismo reacciona frente a la invasión del germen y en las semanas siguientes, pone en marcha una inmunidad específica que evita la progresión de la infección. En el resto de los casos la infección progresa provocando lesiones tuberculosas de gravedad variable, casi siempre con afectación pulmonar. Inicialmente, los síntomas llaman poco la atención. Son los de cualquier enfermedad respiratoria: fiebre, perdida de apetito, tos, cansancio fácil, dificultad respiratoria, aumento de tamaño de los ganglios,… Lo más llamativo es la falta de respuesta a los tratamientos habituales y la prolongación de los síntomas, provocando cada vez mas afectación del estado general con fatiga respiratoria y pérdida de peso. Debido a la lenta progresión de los síntomas, algunos pacientes pueden tardar meses en sentirse enfermos a pesar de estar seriamente afectados.

Cómo tratar la tuberculosis

El diagnóstico se sospecha al ver las lesiones pulmonares en la radiografía del tórax, los análisis de sangre y la evolución de la enfermedad. El diagnóstico definitivo a través del aislamiento del bacilo tuberculoso en muestra de esputo o de aspirado de jugo gástrico, no es sencillo y en muchas ocasiones resulta negativo aunque la evidencia de la enfermedad es incuestionable. En estos casos, la respuesta al tratamiento confirma el diagnóstico.

En la práctica tiene mucho valor la prueba de la tuberculina. Consiste en medir la respuesta del organismo a la inoculación en el antebrazo de un derivado tuberculínico purificado. Si no ha habido contacto previo con el bacilo tuberculoso, el organismo no provoca ninguna reacción, la prueba es negativa. Si el organismo ha tenido contacto previo con Mycobacterim tuberculosis, provoca una reacción de enrojecimiento e induración alrededor de la zona de inoculación superior a 10 mm de tamaño. Cuanto más grande sea la reacción, más positiva se considera. Una respuesta positiva informa de que ha habido una infección, pero no supone que necesariamente haya enfermedad. Una respuesta de tuberculina positiva junto a síntomas de enfermedad apoya fuertemente el diagnóstico.

Tras realizar el diagnóstico es importante tratar de identificar el foco de contagio para evitar la aparición de nuevos casos. Se debe analizar la respuesta a la tuberculina en los contactos próximos de cada enfermo preguntando por síntomas respiratorios. El tratamiento no es fácil. Exige emplear varios medicamentos (hasta 4) simultáneamente y de forma prolongada entre 6 y 9 meses. El incumplimiento del tratamiento explica muchos casos de falta de curación, pero con un tratamiento adecuado se consigue la curación definitiva en la mayoría de los casos, sobre todo en niños.

La mejor medida preventiva frente a la tuberculosis es el diagnóstico y tratamiento precoz. Entre dos y cuatro semanas después de iniciado el tratamiento, los enfermos dejan de ser contagiosos. Durante este periodo, conviene tomar medidas de aislamiento respiratorio (mascarilla). En situaciones de alto riesgo de contagio o de infección reciente sin evidencia de enfermedad está indicado realizar tratamiento preventivo con un medicamento tuberculostático.

Hay controversia respecto a la utilidad de  la vacuna de la tuberculosis en países desarrollados. Tras la vacunación, la prueba de la tuberculina se hace positiva, con lo que se pierde una herramienta importante para detectar niños infectados e interfiere en el diagnóstico de los casos sospechosos. Además puede provocar una reacción importante con síntomas locales llamativos y afectación de los ganglios regionales. La eficacia de la vacuna y la duración de su protección también están en tela de juicio. Por todos estos motivos no hay unanimidad en las recomendaciones internacionales sobre la población a la que se debería vacunar ni sobre el momento adecuado para administrar la vacuna. En España cada comunidad autónoma aplica sus propios criterios basándose en el número de casos de tuberculosis diagnosticados y en la progresión de la enfermedad.

 

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