Del baby blues a la depresión posparto

Un sentimiento muy común

Acaba de nacer tu querido bebé. Tras la inmensa alegría de las primeras horas tras el parto, te invade una extraña melancolía que se torna en tristeza al mínimo obstáculo. Lágrimas que se escapan, cambios de humor y una sensación de ‘no puedo con esto’ acompañan el momento más feliz de tu vida.

 
Depresión posparto. Cabeza sobre la almohada

No sabrías definir muy bien lo que te ocurre. Una mezcla de cansancio, sensibilidad e irritabilidad extrema y una rara tristeza empaña la llegada de tu pequeño. Pero, “¿por qué me siento así cuando debería estar plenamente feliz?”, te preguntas. Tranquila, lo que te pasa es normal y, lo que es mejor, pasajero. Se denomina blues del posparto o estado depresivo normal, suele comenzar alrededor del tercer día tras el nacimiento, y alargarse hasta el décimo, aproximadamente. Y le ocurre al 50-75 por ciento de las madres, sobre todo a las que lo son por primera vez, y aparte de la melancolía, también puede manifestarse con insomnio y cefaleas. Pero, ojo, no se trata de una depresión en toda regla, sino en un episodio más del puerperio, sin consecuencias médicas.

A qué se debe esta melancolía posparto

Son las principales responsables de tu estado. El baile hormonal que se produce tras el parto, necesario para establecer la lactancia y favorecer la involución del útero, trae consigo cambios en tu estado anímico. Así, la bajada de estrógenos y progestágenos y la subida de  oxitocina y prolactina, modifican tu cuerpo sabiamente para que puedas amamantar a tu bebé, pero en contrapartida, afectan a tu mente. Aunque no son las únicas “culpables” de tu mayor labilidad. Tu estado físico tampoco acompaña. La pérdida de sangre tras el alumbramiento, el dolor de la episiotomía o la cicatriz de la cesárea, y las molestias del pecho por la subida de la leche también pasan factura a un cuerpo fatigado que aún anda recuperándose del esfuerzo del parto. Es esa pendiente cuesta arriba de los primeros días, en la que todo parece aliarse contra ti, la que provoca los llantos incontrolados y la sensación de “no voy a ser capaz”.

¿El parto fue deseado?

Juega un papel fundamental en la buena marcha del puerperio. Tener el parto que habías soñado evita muchos ‘bajones’ posteriores. Y es que cuestiones como que el alumbramiento haya sido complicado, o precisado una cesárea –y no se desarrollara por vía vaginal como toda mujer desea– o requerido apoyo instrumental, dejan mal sabor de boca en la parturienta. La decepción por “no haber podido” parir como se esperaba se une a un injustificado sentimiento de culpabilidad –“qué habré hecho mal, no he sido capaz”.

Otra de las situaciones que favorecen, en gran medida, el estado depresivo de la madre es el hecho de que el bebé necesite cuidados médicos al nacer, y sobre todo, que tenga que quedar ingresado en la maternidad cuando la madre es dada de alta. Volver a casa “sin tripa” y sin el bebé en brazos provoca una sensación de vacío difícil de solucionar.

Pero, independientemente de cómo haya transcurrido el parto, la “pérdida del embarazo” es algo que afecta a muchas mujeres. De repente, te das cuenta de que tu pequeño ya no está dentro de ti, y desaparece ese diálogo íntimo tan especial que mantenías con él. Sentir las pataditas, acariciar tu tripa… y sobre todo, ser el centro de todos los cuidados de los que te rodean, te mantenía en un estado de bienestar e ilusión desconocidos hasta entonces. Ahora las miradas y las atenciones, incluidas las tuyas, se dirigen hacia tu bebé.

Mi bebé, sin manual de instrucciones

Abandonar la clínica y enfrentarse al día a día con el bebé, es todo un reto para una mamá primeriza. Las dudas te asaltan continuamente, pensar si lo estás haciendo bien, interpretar sus llantos, conciliar las demandas del bebé con los quehaceres de tu vida anterior… En este sentido, hay bebés que facilitan la tarea a las madres más que otros. Aquellos que se agarran al pecho sin problemas desde el primer momento, duermen varias horas seguidas, no presentan cólicos de lactante… ayudan a la madre a ganar en seguridad y a establecer ese importantísimo vínculo afectivo, fuente de las grandes satisfacciones de la maternidad. Por el contrario, los recién nacidos nerviosos, ansiosos, que planteen dificultades con la lactancia o que no descansen –ni dejen descansar– lo suficiente, generan ansiedad y angustia en la madre.

En este sentido, haber acudido a los cursos de educación maternal en el que se explican los cuidados básicos del bebé y dejarse aconsejar por el pediatra, se convertirán en grandes aliados en estos primeros meses.

Mimos y un poco de ayuda

Es el único tratamiento que necesitas. El blues del posparto no se considera patológico, y por tanto, no son necesarios ni terapias ni fármacos para solucionarlo. Es más, se resuelve por sí solo, a medida que las hormonas se van normalizando, tu cuerpo se recupera de la fatiga inicial, y tu bebé y tú os vais conociendo. Por tanto, no escondas tu estado de ánimo, ni te avergüences por llorar por cualquier motivo. Es absolutamente comprensible. Lo que debes hacer es dejarte cuidar y, sobre todo, ayudar por los que están a tu lado –tu pareja seguro que está más que dispuesta a hacerlo–. Aliméntate correctamente con una dieta equilibrada –no hagas dieta ahora–, y descansa todo lo que puedas, pero, ojo, no te quedes encerrada en casa todo el día. Buscar ratos para salir a pasear y relacionarte, es importantísimo para tu bienestar psicológico. Y, por supuesto, confía en ti y en tu pareja. Verás cómo pasados estos primeros días, tú vas remontando a pasos agigantados, y ambos vais ganando en habilidad con el bebé, con lo que todo se volverá más fácil.

Depresión posparto a la vista

La verdadera depresión posparto le ocurre al 10-15 por ciento de las mujeres, aunque menos de un 5 por ciento de los casos es reconocido y tratado como tal. A diferencia del blues no aparece en los primeros días tras el nacimiento del bebé, sino alrededor de la segunda o tercera semana o incluso meses más adelante. Y en este caso, no se trata de una melancolía pasajera, sino de un estado patológico que requiere tratamiento farmacológico y terapéutico, porque además interfiere con el cuidado del bebé. Se caracteriza por acusados cambios de humor –más alterado al final del día–, llanto y sentimiento de desesperación; agotamiento y alteraciones de la memoria y la concentración; problemas del sueño; sensación de ineptitud para atender al bebé, retraimiento social y, en ocasiones, pensamientos obsesivos e ideas suicidas. Pero, además, este trastorno provoca sentimientos de indiferencia e, incluso, aversión hacia el niño. Así, los cuidados maternales no provocan satisfacción sino agotamiento e irritabilidad, lo que da lugar a que, a su vez, el bebé se vuelva más irritable. Además, las madres no estimulan lo suficiente al bebé, y por tanto, este puede terminar sufriendo retraso en su desarrollo psicoafectivo y alteraciones en el lenguaje y en el comportamiento.

Determinar la causa que provoca esta patología no es sencillo, ya que puede deberse a varios factores. Lo primero que hay que descartar son trastornos orgánicos, principalmente, el hipotiroidismo; y además evaluar la situación personal de la madre –depresiones previas, consumo de drogas, baja autoestima, embarazo no deseado, situaciones de estrés en el embarazo, gestación no deseada, problemas de pareja…– y los antecedentes familiares –cuadros depresivos o suicidios en la familia–. El tratamiento pasa por la toma de psicofármacos –generalmente incompatibles con la lactancia–, y sesiones de psicoterapia basadas en infundir seguridad en la madre y disminuir su aislamiento.

 

Raquel Burgos




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