Un cuento sobre las vacaciones

Las travesuras de Pablo

El concurso 'Un cuento sobre las vacaciones' ha reunido divertidos relatos de las aventuras veraniegas de los niños. Este ha sido el ganador

 
Bici

El primer día de vacaciones de Pablo

Era el peor día de su vida. Acababan de comenzar las vacaciones de verano y Pablo, a sus ocho años recién cumplidos, se encontraba en su habitación sentado en la cama tremendamente aburrido. Sus mejores amigos se habían ido de vacaciones al pueblo y ya no vendrían hasta el comienzo de curso. Encima la televisión se había estropeado. Su madre hablaba con el servicio técnico. Cuando colgó, se dirigió a la cocina medio llorando:

- ¿Que es verano? ¿Que los técnicos están de vacaciones? ¡Pues qué bien! ¿Y con qué entretengo al niño? ¿Con un libro?

Su padre y sus hermanos ya estaban en la cocina desayunando. Su padre leía el periódico.

Como de costumbre su hermano Enzo había acabado con todas las tostadas y ahora se encontraba dando buen partido de los cereales y de las magdalenas. Adriana estaba sentada al lado de su padre y no dejaba de hablar por el móvil con su amiga Claudia. Por lo visto, estaba enamorada de un chico de su instituto llamado Juan. Su madre siempre decía que estaba en la edad del pavo, que con 13 años era normal, que ya se le pasaría. Su padre, José Antonio era abogado y debido al exceso de trabajo llegaba muy tarde a casa y apenas estaba con sus hijos. Su madre se llamaba Eva y era licenciada en Bellas Artes, pero al nacer Pablo tuvo que dejar de trabajar en la galería para dedicarse enteramente a su familia.

Eran casi las doce, todos habían salido y Pablo se dedicaba a perseguir a su madre por toda la casa para que no se le olvidase lo aburrido que estaba.

- Mamá, me aburro. Mamá, me aburro. Mamá, me a…

- ¡Pablo, por el amor de Dios, sal fuera a jugar o juro que te estrangulo!

Fue al garaje y cogió uno de los balones de Enzo. Votó varias veces el balón y lo lanzó con todas sus fuerzas a la canasta. ¡Crash! La moto de Enzo estaba tirada en el suelo y no tenía buen aspecto. Escondió la pelota y entró por la puerta del jardín, vigilando que no le viera su madre.

- Pablo, ve a lavarte las manos y ven a la cocina. Le estoy dando de comer a la niña y necesito que la vigiles un instante mientras bajo a la despensa a por los yogures de tu hermana –le ordenó su madre.

Emma había sido la última incorporación de la familia. Era una niña rubia, regordeta y acababa de cumplir nueve meses. Era raro que su madre le hubiera pedido que vigilase a Emma. Habían creado una barrera invisible alrededor de ella para que no se acercase. De repente Pablo empezó a notar un olor extraño. Se dejó llevar por su olfato y no tardó en darse cuenta que su hermanita se había cagado. Así que, ni corto ni perezoso, despejó la mesa de la cocina, cogió a la niña por debajo de los brazos y la posó con mucho cuidado sobre la mesa. Tomó aire por la boca e intentó no respirar mientras se apresuraba a quitar el pañal a la niña. “¡Cómo una cosa tan pequeña puede cagar tanto!”–exclamó. “¿Dónde estarán los pañales? ¿Con qué le limpio el culito?”, pensó preocupado.

Sin soltar a la niña, se acercó al fregadero y cogió el estropajo y el lavavajillas que utilizaba su madre para limpiar los platos. Echó un buen chorro del limpiador en el culito de Emma y retiró la caca con gran esmero. Se había quedado llena de espuma. ¿Cómo la aclararía? La volvió a coger de debajo de los bracitos, la metió en el fregadero y dio al grifo. En ese momento la niña se puso a llorar como si estuviera loca, gritaba sin parar y por más que le pedía que se callase ella seguía berreando y berreando. Si su madre venía y le veía con la niña en brazos, el castigo sería mayúsculo. “Ya voy, cariño; cálmate, nena, ahora mismo te da mamá el yogurt de fre…

- ¡Por el amor de Dios! ¿Pero Pablo que estás haciendo? Yo te mato, yo te mato, suelta a tu hermana inmediatamente y vete...

¡Aaaaaahhhh! Pablo había dejado el pañal en el suelo, su madre lo había pisado resbalándose con él. El pañal salió disparado hacia el techo y allí se quedó justo unos segundos antes de caer en la cara de su madre. Dejó a su hermanita dentro del fregadero y salió corriendo por la puerta principal, cogió la bicicleta y dio pedales como alma que lleva el diablo.

Cuando llegó a los recreativos dejó la bici apoyada en la pared, rebuscó en los bolsillos y con gran alegría comprobó que tenía cuatro euros. Al entrar, se dio de bruces con su hermana.

- ¿Qué haces aquí, mocoso? ¿Lo sabe mamá?– y salió por la puerta riéndose de él con esa risa de morsa que tanto odiaba. Iba acompañada por la otra morsa, su amiguísima Claudia.

Dos horas después las tripas le rugían. Tenía hambre. ¿Se le habría pasado el cabreo a su madre?

Antes de llamar al timbre su madre abrió la puerta con cara de muy pocos amigos. Tenían visita. La tía Noris había venido con su prima Manuela.

- Mamá, voy a la cocina a hacerme un bocadillo de Nocilla– le dijo a su madre.

- De eso nada– contestó su madre levantándose de un salto–. Quédate aquí con tu tía y tu prima mientras yo te lo preparo, no sea que te vayas a cortar un dedo y tengamos que salir corriendo a urgencias.

Su madre traía en la bandeja un diminuto bocadillo de Nocilla y un vasito de leche para que no le quitara el hambre. Se lo comió en tres bocados.

- Anda, Pablo, sube con tu prima a tu habitación a jugar un rato, que la tía Noris y yo tenemos que hablar de cosas de mayores.

Se le ocurrió una cosa. Nunca le había gustado el pelo de su prima. Tenía la cabeza llena de rizos y su tía siempre le hacía dos coletas que parecían dos coles de Bruselas. La cogió de la manita, la llevó hasta el cuarto de baño y le dijo que iban a jugar a los peluqueros. La sentó en la banqueta y rebuscó entre los cajones hasta dar con las tijeras. ¿Qué peinado le podría hacer? Ni corto ni perezoso, enganchó una de las coletas y de un certero tijeretazo, ¡zas!, se la cortó. Repitió la operación con la otra coleta. Sin embargo algo no encajaba. Ahora la cabecita de su prima parecía una escarola. ¿Y si le pasaba el corta pelos eléctrico? Sí, esa sería la mejor solución. Manuela quedaría tan guapa que su madre y su tía solo podrían agradecérselo. Diez minutos después el pelo de su prima yacía sobre sus pies y sobre el suelo del baño. Realmente le gustaba. Pensó que de mayor podría ser peluquero. Se le daba bastante bien.

- Ya hemos terminado, señorita– le dijo, mientras la alzaba hasta el espejo para que se viera.

La primera reacción de Manuela fue hacer pucheros, luego ponerse a llorar hasta que terminó dando alaridos. ¡Qué manía tenia las niñas con gritar! Su madre y su tía al escuchar tal escándalo subieron rápidamente. Su madre, como siempre se temía lo peor. “¿Qué habrá hecho esta vez?”, se repetía una y otra vez. Al ver a la niña, la tía Noris se desmayó. Como pudo, esquivó a su madre que se dirigía hacia él con la mano abierta y saltando los escalones de tres en tres salió de su casa. Esta vez no cogió la bicicleta. Salió disparado calle abajo.  Estuvo andando sin rumbo fijo durante horas hasta que llegó a un parque donde recordaba haber estado con sus padres. Empezaba a oscurecer. Se recostó en uno de los bancos y se quedó dormido.

Una luz le enfocaba a los ojos.

- Chaval, chaval, ¿eres Pablo Muñoz Moreno?– le preguntó un guardia civil.

- Sí, señor – respondió.

Sus padres, preocupados al ver que pasaban las doce y no había regresado a casa habían llamado a la guardia civil para notificar su desaparición.

- No sabes la que has armado, chaval– le dijo el guardia civil–. Tu familia lleva buscándote toda la noche.

El guardia civil le acompañó hasta el coche y le metió detrás. ¿Le pondrían las esposas? ¿Estaría detenido? ¿Dormiría hoy en el calabozo? Pese a todas esas incógnitas ¡estaba subido en el coche de la guardia civil y cuando vinieran sus amigos y se lo contara sería la envidia de todos!

¡Ding, dong! La puerta se abrió precipitadamente. 

- Aquí tienen al niño, le hemos encontrado en El Retiro durmiendo en un banco– explicó el guardia.

Toda su familia salió a su encuentro. Su madre le abrazaba y le llenaba de besos. Su padre se mantenía callado pero sonreía y algo inusual sucedió. Su hermano le revolvió el pelo guiñándole un ojo. Adriana se había unido a su madre en ese amasijo de besos y abrazos. Pablo sabía que tanta demostración de cariño no duraría mucho. 

A fin de cuentas, su primer día de vacaciones no había estado tan mal.

Eva Moreno Montilla