Un cuento de acción y suspense para niños

Ramón, un pez de colores

Todo empezó como un juego que lanzó Aran y siguieron Nati y Yolanda en nuestro foro. El resultado: un cuento muy divertido, lleno de acción y suspense y con final feliz.

 
Pecera

Ramón sueña con un río

 

Ramón era un pez multicolor que vivía en un gran estanque, pero en medio de una gran ciudad ... Así que no era del todo feliz, él soñaba con nadar por un río y conocer animalitos con los que poder charlar.

No le gustaban los niños. ¡Le echaban migas de pan! “¿Es que no les enseñan en la escuela que los peces no comemos pan ?”, se preguntaba Ramón enfadado, viendo cómo cada día su estanque estaba más y más sucio. ¡Tenía que salir de allí! Así que empezó a pensar cómo hacerlo, quién podría llevarlo hasta un río.

Ramón veía pasar su vida a través de las sucias aguas del estanque. Encima, había un puente desde donde los niños le tiraban pan y él saltaba, pero no para comérselo sino para decirles que no siguieran manchando su casa.

Un día, en uno de esos saltos, se quedó estancado en la orilla. Saltaba y saltaba, pero no conseguía entrar en el agua. De pronto, un pájaro enorme lo agarró con su pico y lo levantó por encima del parque.

"¡Suéltame!" gritaba Ramón, "¿No ves que no quiero volar? ¡Soy un pez, no un gorrión!" "Disculpa, amigo pez", le dijo el gran pájaro, "ahora mismo te dejo en el agua".

Ramón, enfadado, no escuchó aquella frase, y no pudo decirle cuáles eran sus verdaderos deseos, ir a un río. El pájaro voló y voló, y por fin divisó un gran charco de agua, parecía fresca y cristalina, y allí dejó a Ramón.

Resulta que el gran charco no era tal, sino una piscina hinchable que unos papás acababan de llenar para sus hijos. ¡Vaya sorpresa cuando los niños se fueron a meter en la piscina y se encontraron a un pececito nadando! Y Ramón les dijo:

"Hola, chicos, estoy un poco perdido, esto no tiene pinta de ser un río, ¿podéis ayudarme a llegar al más cercano?". Los niños fueron corriendo a llamar a sus papás y contarles lo que habían encontrado en su piscina. Los papás organizaron una excursión al río más cercano, para poder dejar a Ramón y, así, pasar un estupendo día de campo; pero cuando arrancaron el coche, en la primera rotonda que debían coger dirección al río, el padre no vio uno de esos "simpáticos" badenes que colocan en las carreteras y del salto la pequeña pecera donde iba Ramón salió disparada por la ventana y quedó muy bien colocada en el arcén.

El coche que iba detrás, vio todo lo sucedido y paró para recogerlo. El conductor pensó que lo mejor era llevarlo al lugar de donde él creía que había salido Ramón… ¡la tienda de animales! Así, Ramón se vio en unas pocas horas metido en un acuario donde otros peces lo miraban un poco extrañados.

"¡Qué pez más raro! No tiene tantos colores como nosotros y, además, es más grande", cuchicheaban todos los peces de la tienda. "Fijo que es extranjero, nunca vi un pez tan extraño".

Ramón, se sentía observado, nadie le hablaba y le miraban con malas caras. No sabía qué hacía allí, ¡él lo que quería era estar viendo mundo en un gran río!

De pronto, entró en la tienda un extraño señor. Era alto, delgado y con el pelo revuelto y marrón. Su cara era fina, con barba de unos días y unas graciosas pecas cerca de la nariz.

A Ramón no le dio tiempo a fijarse mucho porque, de pronto, entró en su pecera una red que intentaba cazarlo. Por más que luchó, quedó acorralado en una esquina y lo arrojaron a una bolsa de plástico.

Tan pronto el señor agarró la bolsa, salió de aquella tienda sonriendo a la bolsa de plástico y diciéndole a Ramón: "¡Hola, pequeño! Soy Filomeno, miembro honorífico de la "A.S.P.E" (Asociación de salvación de peces de estanque) y sé que tú no eres un pez cualquiera, por eso te compré en cuanto te vi. Ahora, pequeño, tú y yo vamos a irnos a mi casa y te enseñaré una cosa que seguro te gustará”.

El hombre se lo llevó a su casa. Al entrar, todo estaba muy oscuro, cuando, de pronto, un fogonazo le hizo abrir los ojos de par en par.

“¡Bienvenido a mi laboratorio!”. Ramón no se podía creer lo que estaba viendo: sobre las mesas, tubos llenos de líquidos de colores, los armarios de cristal llenos de botes con peces muertos en su interior. Ramón tragó saliva. Había caído en las manos de un investigador loco, amante de la pesca.

“¡Socorro! ¡Ayuda!”, chillaba Ramón, pero nadie le podía ayudar. El hombre lo llevó a un acuario donde, a primera vista, no se veían más peces pero poco a poco, Ramón se dio cuenta que unos ojos pequeños y peludos lo observaban desde detrás de una roca.

“Hola, ¿quién eres? ¿Dónde estamos?”, preguntó un pequeño cangrejo peludo."Soy Ramón, un simple pez de estanque. ¿Qué hacemos aquí? ¿Quién es este tipo? Me dijo que era de la protectora. ¿Por qué me ha traído a este sitio?" "Este hombre está un poco loco, nos usa para hacer experimentos de reproducción sin hembra, intenta sacar de nosotros algo para poder procrear, pero no sabe que lo único que hace es ¡matarnos!"

Ramón perdió el color por un momento, aquel tipo estaba loco, y él estaba encerrado en una pecera sucia y oscura con un cangrejo. ¿Qué podía hacer?

De pronto vio una ventana y escuchó un graznido familiar. Era el pájaro que una vez lo llevó en su boca por equivocación. Él podía salvarlo, pero no sabía su nombre y la primera vez lo trató mal, pero era su única opción. "¡Eh, eh, pájaro, pájaro! ¡Soy yo! Ramón, el pez que llevaste en tu boca una vez. ¡Ven! ¡Auxilio!"

El pájaro, que tenía un oído muy fino, puso rumbo a la voz que le era familiar, y vio a un pequeño pez y una especie de bola con pelos y pinzas. Fijó sus ojos y vio a Ramón. No le dio tiempo a reaccionar, cuando de pronto, ¡apareció Filomeno!

Voló zigzagueando, sin saber muy bien por qué estaba allí, intentando salvar a un pez maleducado. Por fin, lo pilló con su pico, a él y al cangrejo, y salió disparado volando por la otra ventana que había abierta tras las peceras.

"¡Ey, chico, por poco! Ahora me tienes que contar qué hacíais tú y tu amigo ahí, y además me vas a tener que…”

“La historia es muy larga y ahora la verdad no me apetece recordarla. Si hicieras el favor de llevarnos a un río, donde podamos vivir tranquilos y formar una familia. Me parece que ya he vivido bastantes aventuras”.
 "Y tú, bola de pelos ¿también quieres ir a un río?” le dijo el pájaro al cangrejo. “Sí, por favor. Soy un experimento de Filomeno pero quisiera vivir tranquilo. “Bueno, chicos, pues allá vamos, cogeros fuerte porque el viaje es largo y acaba de empezar”.

Salieron de la casa, dirección al río, volando sobre los tejados de aquella ciudad de la que no veían hora de salir. Cuando volaban en dirección a las choperas que había junto al río, e iban alejándose del ruido de coches y sirenas, una sonrisa empezó a dibujarse en el rostro de Ramón. Ya podía imaginarse chapoteando en el río. Se imaginaba libre, feliz, sin niños tirándole migas rancias, nadando entre nenúfares y piedras, hablando con simpáticas ranas y viendo cómo le sobrevolaban las libélulas.

Estaba sumido en sus pensamientos cuando de pronto, el gran pájaro paró en seco.
" A ver, vamos a dejar algo claro, vamos a presentarnos ahora que estamos más tranquilos. Yo soy Simón, y no soy ningún pájaro, soy un ave, y más concretamente, una cigüeña blanca. Habéis tenido mucha suerte, soy un ave migratoria, y os escuché mientras iba al sur. Antes de seguir el camino me gustaría que me dijeras dónde quieres ir y por qué."

Ramón, un poco tímido y sorprendido, consiguió decir algunas palabras sueltas. "Pues yo quiero ir a un río limpio y grande, para poder vivir tranquilo. Yo vivía en un estanque pequeño y sucio, lleno de migas de pan y bolsas de pipas, los niños no dejaban de arrojarme basura, ¡y sus papás no hacían nada cuando me tiraban piedras!". "Ah, ya comprendo" dijo la cigüeña, "ahora si que te ayudaré. Verás, conozco un lugar ideal para ti y para tu amigo peludo". "Eh, que tengo un nombre, no soy bola de pelo, me llamo Arturo" dijo el cangrejo.

Los tres amigos se reían mientras volaban hacia su nuevo destino. Llevaban volando casi medio día cuando pudieron divisar a lo lejos un valle precioso, de color verde. Parecía que no tenía fin. Los árboles bailaban al son del aire y el sol acariciaba las flores que sonreían a los pequeños animales que jugaban cerca de ellas. Al fondo, algo brillaba y Ramón reconoció el sonido: ¡un río tan hermoso que el pequeño pez empezó a llorar de ilusión! Al fin un río.

Ramón aún no podía creerlo, lo había deseado tanto, lo había soñado tantas veces… Se sentía muy afortunado, y no sólo por haber conseguido llegar al río. Había vivido una gran aventura y hecho buenos amigos. Agradeció a Simón su inestimable ayuda para conseguir su sueño y se sumergió en el río junto con Arturo. Simón les vio desaparecer dentro del agua y alzó el vuelo para continuar su viaje al sur. “Al fin libres, Arturito, y en plena naturaleza. ¡Esto es vida!” “¡Ay, qué razón tienes, Ramón! ¿Te hace una carrerita?” “Ya vas perdiendo, Arturo.”

Y jugando río abajo, iban los dos nuevos amigos mientras les miraban y sonreían otros de sus especies.

Un cuento colectivo de las foreras Aran, Nati y Yolanda.