Cómo saber si el niño fantasea o miente

Las mentiras tienen un propósito

Los niños tienen una gran imaginación y a veces resulta difícil saber hasta dónde llega su fantasía y dónde comienza la mentira. Aquí tienes algunas claves.

 
Niña

¿Recuerdas cuándo supiste la verdad sobre los Reyes Magos o en el Ratoncito Pérez? Fue aproximadamente entre los siete y ocho años; antes vivías inmersa en el “pensamiento mágico”, en el que cualquier cosa era posible. Las leyes físicas o naturales no forman parte del esquema de pensamientos de los niños pequeños, por eso, en su mundo, todo puede suceder. Siendo así, ¿cómo podemos distinguir cuándo está mintiendo y cuándo simplemente fantasea?  

Si está en la mente, es real

Para ellos resulta difícil separar pensamiento de realidad; cualquier idea que se materializa en su cabeza pasa automáticamente a ser una experiencia más de su vida. Por eso resulta tan creíble el relato de Jaime cuando cuenta cómo la otra noche vio a Papá Noel entrando por la ventana. Si además el pensamiento se transforma en palabras, se vuelve todavía más real ya que el lenguaje tiene el poder de hacer las cosas mas vívidas para el niño.
El problema para los padres se materializa cuando ese pensamiento mágico se traslada a hechos de la vida cotidiana. Podemos entender, e incluso fomentar, que nuestro hijo crea que un hada viene por las noches a dejarle bonitos sueños, pero ¿qué pasa cuando lo que dice es que ha sido un duende el que ha desordenado el cuarto? ¿Está mintiendo para librarse del castigo? En ambos casos se trata del mismo proceso, un deseo transformado en pensamiento y, por tanto, real para el pequeño. La solución es sencilla, no acusaremos al niño de mentir pero sí le obligaremos a recoger sus juguetes.

Razonamiento erróneo

La facilidad con la que lo fantástico se vuelve real en el mundo del niño, unido a su peculiar forma de razonamiento hace que muchas de sus conclusiones nos suenen a mentiras.
Los pequeños no utilizan un razonamiento deductivo, como los niños mayores o los adultos sino un “razonamiento transductivo”, que va de lo particular a lo particular y les hace equivocarse en muchas ocasiones. Un ejemplo: Elena le dice a su madre que fuera hace calor, la madre contesta que están en invierno y hace mucho frío pero Elena insiste en que hace calor. No se trata de una mentira sino de un razonamiento erróneo, la niña tenía ganas de ponerse sus sandalias y ha deducido: “cuando hace calor llevo sandalias, como llevo sandalias hace calor”. Su mamá debe ayudarle a ver lo equivocado de su pensamiento.
Sin embargo, lo que comienza siendo una creencia de la imaginación sí puede llegar a transformarse en una mentira. Por ejemplo, el razonamiento erróneo puede llevar a un niño a creer que realmente le duele la tripa –“cuando me duele la tripa no me hacen comer, como no quiero comer las judías, me duele la tripa”–. Si le funciona ese pensamiento, con el tiempo aprenderá a usar el dolor de tripa como excusa para no comer. Del mismo modo que en el caso anterior, no acusaremos a nuestro hijo de estar mintiendo, pero le insistiremos en la necesidad de que se coma las judías para estar sano y fuerte.

 

Ísar Monzón




Elige y compra en Amazon